Arrebatada exactitud. El perro que comía silencio, de Isabel Mellado

por Miguel Carreira

Lo extraordinario reside en la arrebatada exactitud de la fantasía

Theodor W. Adorno

Ahora vamos a empezar haciendo algunos apuntes que podrían ser interesantes sobre el libro, aunque a veces el interés, al menos de cara a un posible provecho exegético, será una posibilidad remota. Es un aviso. Isabel Mellado es chilena y este es su primer libro de cuentos. El resumen más rápido que se me ocurre para resumir el libro es este: es un libro inesperado.

Inesperado porque es una autora novel, lo que, de por sí, ya hace del libro algo imprevisto, claro, pero también inesperado –de hecho este es el inesperado importante, el otro está ahí un poco por adornar y por cubrir los flancos de la palabra- porque es un libro francamente diferente. Hay varios campos en los que se libra la guerra por el valor literario. Uno es el de la originalidad, y este, hay que decirlo, Isabel Mellado, lo tiene ganado.

Es verdad que, si el campo de la originalidad fuese un verdadero campo de batalla, habría visto masacres horribles. Huestes enteras de libros sacrificadas en él por un objetivo dudoso. Mellado aquí consigue lo más difícil, mantiene las tropas unidas y hace de la improvisación una disciplina eficaz.

El siguiente apunte no es gran cosa, pero no me resisto a anotarlo: en El perro que comía silencio el animal que más aparece es, de largo, el gato.

Seguimos.

Este libro no es un libro de cuentos, en realidad. Es más bien un libro de poemas,  pero pertenece a esa familia poética que ha nacido a partir de lo que, muchos, estiman que ha sido la muerte de la poesía. No es  narrativa, es lírica, pero lírica sin verso, poemas de los que quizás sólo se empezaron a hacer sobre los restos de una poesía anterior.

Vamos a decirlo de otra manera, porque creo que así no ha quedado del todo claro.

El cuento cuenta. La narración, sea breve o extensa, implica unos acontecimientos, acciones que tienen lugar y que son observables. No vale que se puedan narrar como observables, porque este es un caso más complicado. La narración siempre tiene un pie en la objetividad de lo observable, igual que lo lírico tiene el mismo pie en la subjetividad.

Vamos con un ejemplo, para que nadie se despiste. Si yo digo que estoy corriendo en el campo, hago narrativa. Si digo que estoy corriendo en el campo entre azucenas que son mi alma, estoy introduciendo algo parecido a la lírica. También estoy haciendo el primo, pero eso no viene al caso y, además, es solo un ejemplo.

Entonces, si decimos que este El perro que comía silencio es un libro de poemas nos referimos a que es un libro más lírico que narrativo y, al decir esto, exageramos, pero no demasiado. Aquí los cuentos –vamos a llamarlos cuentos, por mera comodidad- están protagonizados por una voz personal, de la que importa más la expresión subjetiva de la voz respecto a la historia que la historia en sí.

Muchas veces no hay historia, de hecho. Otras, la historia hay que sonsacarla, o la historia es algo que transcurre en segundo plano, que sabemos que está ahí pero que no acabamos de definir, porque no la acabamos de enfocar, porque el libro va de otra cosa.

Uno de estos pequeños cuentos se titula Tampoco poema, lo que nos hace suponer que Mellado es perfectamente consciente de que hay una vinculación entre su prosa y la poesía a la que para ser poema solo le falta la disciplina del verso.

Los recursos de Mellado, por lo demás, también son poéticos. Usa mucho, por ejemplo, la sinestesia, ya saben, aquello del cruce sensorial, oír el azul y cosas así. La sinestesia siempre resulta inesperada en la prosa, pero también es un arma de doble filo. Algunos escritores quedan hipnotizados por ella, y entonces la sinestesia se aprovecha y abusa de ellos. Es fácil distraerse con la sinestesia, es muy tentadora. Uno describe las sensaciones cogiendo adjetivos que corresponden a sentidos diferentes y en seguida quedan sinestesias muy socorridas, que pueden parecer llamativas, hasta que a la cuarta o la quinta uno se da cuenta de que son solemnes tonterías. Los poetas estos que escriben mucho sus poemas en los bares, y que luego se quejan porque los poemas les huelen a fritanga, gustan mucho de la sinestesia, porque basta con decir que la una de la tarde está rosicler o que el pasamanos tiene tacto de re sostenido para que la cosa tenga forma de poema.

Isabel Mellado en cambio, consigue textos que no tienen forma de poema –al menos las dos primeras partes- pero son poemas en realidad. Isabel Mellado también abusa un poco de la sinestesia, pero se redime gracias a que tiene una imaginación potente, y tiene sentido del humor. Como además el libro es corto, como además el núcleo blando de los poemas está sostenido por el esqueleto de la narrativa, es difícil que el libro pueda fallar, y no falla. Es muy difícil que este libro no guste, por lo menos en una u otra parte. Es muy probable que este libro levante adhesiones inquebrantables –me consta que las ha habido, de hecho.

El último apunte sobre el libro es que está bastante presente en él una cierta estética naïf. Yo tengo curiosidad por ver cómo sobrevive esta estética en los siguientes libros de Isabel Mellado. Cosas como lo naïf, igual que lo excesivamente truculento o ciertos ejercicios de estilo, suelen prolongarse mal cuando aparecen segundas o terceras obras, pero también es cierto que en este libro hay pinceladas evidentes de una habilidad innata para desenvolverse en este terreno. Habrá que estar atentos.


El perro que comía silencioEl perro que comía silencio
Isabel Mellado
Páginas de Espuma
Madrid,2011
126 pgs

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