Bajo treinta; VVAA

Hoy, gracias a los muchos y fabulosos avances en las varias ciencias que componen la narratología, sabemos de buena tinta que son sobre todo dos las hebras que tejen la literatura: lo que se dice y lo que no se dice. Existe siempre la tentación de confundir lo que no se dice con lo que se calla lo cual, por supuesto, es un error morrocotudo. Callar implica una cierta volición, querer ocultar con el silencio algo que, por las razones que fueren, no se quiere o no se puede sacar a la luz. No decir, es un espectro más amplio: ahí cae la ignorancia, el descuido, el desinterés o la sujeción a ciertas normas que componen la costumbre y arman la verosimilitud, pero también, claro, todo cuanto entra en la callada: la mentira, el disimulo, el encubrimiento, el tapujo y cualquier forma de silencio que haya sido moldeado o filtrado por la voluntad.

 

Quienes no hayan seguido de cerca los avances de la teoría literaria en el último siglo desconocen hasta qué punto esta sobria dicotomía de «lo que se dice» vs «lo que no se dice» ha costado sangre sudor y lágrimas a algunos de los más finos analistas de esta provincia de la cultura que es la literatura. Para llegar a ese concentrado de sutil sabiduría, muchos hombres grandes, medianos y pequeños han pasado noches en vela, a veces literalmente, devorando libros inmensos y escribiendo libros más inmensos todavía hasta llegar a la elegante conclusión de que esta es una forma perfectamente válida de enmarcar toda la literatura habida y por haber y hasta la no habida o la que no tendrá lugar.

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Dicho esto —sobre lo que volveremos—Bajo treinta quizás no debiera analizarse como una obra literaria, aunque si hay que ponerle un nombre, desde luego tendría que ser el de literatura. Pero el nombre se le dará por los materiales que componen el artefacto y no por el conjunto en sí. Decir que una antología es literatura es como pretender que una casa es un montón de ladrillos o que un ser humano es un conjunto de células montado con relativo buen tino. Digamos ya que las antologías, por lo menos en cierto modo, nunca son una obra literaria —a pesar de que no puedan ser otra cosa— sino más bien herramientas de indagación. Algo así como sondas que exploran un sector determinado y que dan cuenta de lo que sucede en tal o cual sitio, en determinado momento o bajo un cierto nombre en el que el lector, se supone, encuentra algún interés.

 

Incluso cuando se trata de una antología de obras de un mismo autor no existe en ellas nada parecido a una conclusión o a una posición literaria, salvo aquellas que haya querido proponer el antólogo y que siempre irán en contra de la pureza de la observación. La selección, que es inevitable, condicionará necesariamente la función de la antología como muestrario. Toda antología, sin embargo, está forzada a partir de una conclusión, por ejemplo, de una idea acerca de lo que es la literatura o de una idea acerca de qué es la literatura de calidad, y dicha conclusión, inevitablemente, ofrece al lector un horizonte limitado de aquello que pretende representar.

 

En el caso de una antología como esta Bajo treinta nos encontramos que los dos parámetros que acotan el libro son, por un lado, la característica exigida a los autores (una edad determinada) y, por otro, la selección y las ideas acerca de la literatura del antologista: Juan Gómez Bárcena, que además de antologista es un escritor notable y probablemente la ausencia más flagrante de su propio catálogo. La modestia tiene estas cosas, mire usted, aunque yo, que en términos generales estoy dispuesto a darle la razón al señor Gómez Bárcena en todo lo que sugiera, creo que ahí se ha equivocado, porque la modestia es suya, pero el libro es del lector, que no participa en ella. Cuestión de opiniones.

 

Consciente del carácter arbitrario de su trabajo como antologista—y hasta se diría que incluso algo azorado por él—, Gómez Bárcena ha querido oponer cierta resistencia al natural excluyente de la antología. Ha aflojado  las costuras del género y, aunque los textos que se recogen son siempre breves, no se ha limitado a cuentos sino que, cuando lo ha considerado oportuno, ha preferido escoger fragmentos de obras mayores, bajo la premisa de que un cuento no es una novela que no ha podido ser ni un novelista es un cuentista que se ha puesto el pantalón largo, es decir, que hay novelistas que lo son por vocación de escribir novela y no por haber podido superar el estado larvario del cuentista y que, por lo tanto, lo mejor de su escritura estará mejor representado en un fragmento de novela que en un concentrado de narrativa escrito ex profeso y corriendo sobre el filo de una coartada.

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La sensación es que Juan Gómez ha tenido muy presente esa cierta función fiscal que es propia de la antología y ya en el prólogo advierte que, de lo que aquí se trata, no es de intentar configurar una generación, tal y como se nos han enseñado las generaciones literarias. No es una foto de familia, ni el mapa de un movimiento, sino más bien, como decíamos, una cala, una sonda que se lanza en un punto concreto y de la que no se espera que devuelva una teoría unificada de la literatura contemporánea, sino que arroje información sobre lo que se encuentra en su camino.

 

Decíamos que Bajo treinta no debe considerarse como una obra literaria, aunque esté hecho de obra literaria, porque su función no es «crear» literatura, sino captar, reunir, recopilar y ofrecer información literaria para que sea el lector el que, a partir de ahí, pueda extraer sus conclusiones desde unas instrucciones básicas. «Esto es lo que se escribe en este país cuando se es joven y se escribe». «De esto se habla en este país cuando se es joven y se escribe»; «Así es este país cuando se es joven y se escribe».

 

En las primeras líneas del prólogo Juan Gómez se lamenta de que la juventud parece haberse convertido en un defecto en España, al menos en lo que a literatura se refiere. Yo no sé hasta qué punto la queja es justa o, al menos, no sé hasta qué punto es justa si se compara con otras épocas. ¿Ha habido momentos en los que la juventud haya sido una moda literaria? Por supuesto que sí. El romanticismo, por ejemplo, se prendó de la juventud. También la época de las vanguardias, que es quizás la hija más reconocible del romanticismo. Juan Gómez alude incluso a una época mucho más cercana, apenas una década atrás, cuando eso que se llama «industria editorial» decidió que en este país había jóvenes que escribían y que eso que escribían lo escribían lo bastante bien como para merecer sus premios y sus publicaciones.

 

Podemos hacer el ejercicio de pensar qué puede haber cambiado desde aquellos momentos gloriosos de la juventud a estos días nuestros en los que, es cierto, los escritores jóvenes sobreviven en la vida literaria gracias al empeño de unas pocas editoriales empeñadas en dar espacio a estos autores que no llegan a la treintena. En este sentido el catálogo de autores y editoriales representadas, aunque breve, es bastante exhaustivo: Salto de Página, Xórdica, Menos Cuarto, Páginas de Espuma, Lengua de Trapo, la desaparecida Libros del Silencio y alguna más (que me tendrá que perdonar el descuido) forman un frente reconocible de defensa de la juventud, aunque esto de frente de la defensa de la juventud sea un nombre horrendo, como de señoras con pieles y hucha en ristre que piden moneditas agrupadas en patrullas y rondas de maitines.

 

¿Qué ha cambiado? ¿Por qué los autores jóvenes parecen haber quedado relegados fuera de los grandes premios y marginados de las editoriales más potentes? Por supuesto, una de las primeras razones será, ay, la crisis. Las editoriales no piensan tanto en triunfar con algún nombre hasta ahora desconocido como en salvar los muebles y las cuentas apostando por los autores seguros. Yo no sé si ahora a usted le dará un no sé qué de pudor eso de leer lo de «autores seguros» como si hubiese algo seguro en esta cosa de los libros, pero ya sabe que no es algo que haya que tomar literalmente. Llamamos autor seguro (ponga usted las comillas donde le venga en gana) a aquel en el que ya se ha hecho la inversión de los premios, el que ya haya conquistado alguna columna más o menos regular en algún diario de buena tirada y para el que el tema de la promoción vaya, por lo menos, un poco más rodado. ¿Se les puede culpar por ello? Esto de los libros, al final, es una industria y un negocio y la pasión, para bien o para mal, siempre ha sido el patrimonio de los pobres.

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Pero la crisis no puede ni debe explicarlo todo. Más allá de ella habrá que pensar si existe quizás un cierto descrédito de la juventud y, por qué no, si existe un cierto divorcio entre la juventud y la literatura. El primer supuesto pertenece a la sociología. El segundo a la literatura, al menos en esa forma que tiene el nombre «literatura» que dibuja sombras extrañas como las antologías o las revistas de crítica.

 

Antes hemos mencionado dos periodos dorados de la juventud, el romanticismo y las vanguardias. Es probable que podamos establecer una serie de paralelismos entre ambos periodos. Ambos son periodos de renovación, sí, aunque también lo fue, por ejemplo, el neoclasicismo (nos parece que no, pero sí lo fue, y puedo demostrarlo). Pero hay diferencias. Una diferencia está en que la renovación del clasicismo estaba forjada en una cierta serenidad que, personalmente, no puedo entender sin la disolución del individualismo. El neoclasicismo partía de una concepción del arte que muchas veces tiende incluso a lo pedagógico, porque se concibe desde una función social. No es aquí la función social lo que nos interesa, sino cómo esta actúa como disolvente de ese impulso individualista. La presión resultante dio lugar al romanticismo, en el que el individuo se libera hasta crear la forma del artista moderno, esa gemación extraña que, para bien y para mal, ha resultado tan decisiva en la posterior evolución del arte.

Creo que hay cierto paralelismo entre el romanticismo y su relación con la ilustración y las vanguardias y su relación con el último (y no más brillante) periodo del realismo. El centro de la cuestión es el individualismo, con sus mejores y sus peores consecuencias.

 

En este tajo que hace Bajo treinta en la literatura contemporánea no me interesa demasiado hablar acerca de si existe o no calidad literaria. En estas páginas de Factor Crítico hemos hablado ya de varios de los autores y de las obras que aparecen en la antología, por lo que vamos a asumir que nuestra parte en la defensa de la literatura joven ya está mejor o peor cumplida. Así que, en lugar de hablar de si existe o no buena literatura hecha por jóvenes en este país vamos a aprovechar la ocasión para pensar en qué clase de literatura hacen esos jóvenes. Vamos a aprovechar la ocasión para repasar, aunque sea de forma muy rápida, lo que dicen y lo que no dice esa nueva literatura.

Y es que, sin querer, ni mucho menos, abogar por la idea de una generación, grupo, escuela ni zarandajas semejantes, resulta sorprendente la importancia de la melancolía en los textos breves que aquí se reúnen.

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Leonardo, la novela de Aguirre, el primer texto de esta antología, trata sobre un individuo que, esencialmente, es incapaz de asumir su incipiente madurez, lo sigue un texto de Víctor Ballcells que habla de la relación de un joven con su abuelo, continúa un cuento de Matías Candeira que, a pesar de estar envuelto en sarcasmo, no deja de tratar sobre una serie de individuos que están a punto de morir… Sea por el ambiente, por el tema, por la forma de tratar el paso del tiempo, etc, es posible que sólo Yo no iba a venir de Cristina Morales, escape a esta profunda nostalgia.

 

Y esto, claro, no tiene nada que ver con la literatura, porque Bajo treinta no es una obra literaria, aunque no merezca otro nombre y aunque no esté echa de nada que no sea literatura. Pero aquí no estamos hablando de literatura, aunque no hablemos de otra cosa. Un ejemplo Belfondo, de Jenn Díaz, que también está incluida en esta antología, es una maravillosa (repito, maravillosa) muestra de literatura y es también, al mismo tiempo, un libro profundamente nostálgico: un libro que mira hacia otro tiempo y que se mueve con otro tiempo también, con un tiempo que ya no existe, salvo en la memoria, en la añoranza y en las obras de una serie de escritores que no han llegado a la treintena.

 

Así que, de esto hablan los jóvenes que escriben en España. De esto hablan y, por correlación, de esto mismo no hablan: ahí tiene usted los huecos para leerlos si quiere. Recuerde siempre que en todos los libros la mitad del espacio lo ocupan renglones en blanco y que usted paga por el conjunto. Recuérdelo al notar que los jóvenes que escriben en este país hablan, casi obsesivamente, de lo que ha pasado. Poco, muy poco, de lo que está por venir. Producen libros que, aunque muchas veces estén barnizados por la ironía, parecen aspirar más a la sabiduría que a la pulsión desordenada del artista. Apenas hay extravagancia en este libro. Apenas hay desorden individual. Los jóvenes que escriben en nuestro país han madurado una prosa sensata. Acierta bien Juan Gómez en el prólogo cuando señala que esta generación se ha librado del influjo de ciertas corrientes americanas y vuelve a tornear frases subjuntivas y bien pesadas. Ni uno solo de los textos aquí reunidos cae en el vicio de la retórica.

por Miguel Carreira


bajo-treinta-salto-de-página-factor-critico-finalBajo treinta
Antología de nueva narrativa española
VVAA
Selección y prólogo de Juan Gómez Bárcena
Salto de página
ISBN: 9788415065531
Madrid, 2013
160 pp

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