Vous n’avez encore rien vu, de Alain Resnais

por Roberto Bartual

Lambert Wilson, uno de los actores habituales en las películas de Alain Resnais, recibe una llamada de teléfono. Una amable voz le informa de la triste noticia: un amigo, famoso director de teatro con el que solía trabajar, ha fallecido. ¿Tendría monsieur Wilson la amabilidad de acudir a la lectura del testamento? El actor asiente, perplejo todavía por lo ocurrido, y cuelga el teléfono. Esta misma escena y este mismo plano se repite doce veces más con otros tantos actores (tal es la paciencia de Resnais, la misma que le ha pedido siempre al espectador). Igual que hizo con Lambert, el portador de la mala noticia les llama a todos por su nombre: Sabine Azéma, Pierre Arditi, Anne Consigny, Mathieu Amalric, Michel Piccoli, Anny Duperey… Casi todos trabajaron alguna vez con Resnais; dos de ellos, Azéma y Arditi, en todas las películas que ha hecho desde principios de los ochenta hasta ahora. ¿Vendrán a escuchar las últimas palabras del finado? Claro que sí.

Pero la lectura de testamento a la que tienen que asistir no es la del director de escena cuyo nombre se menciona en la película, sino la del propio Resnais. (Por mucho que haya afirmado en las ruedas de prensa que no era su intención hacer un film testimonial). Con más de noventa años, alguna que otra alusión al cáncer a lo largo de la película, o el hecho de que su título sea una referencia directa a su primer largo, es posible ir ya imaginando por dónde va la cosa. Sin embargo, cuando el mayordomo que recibe a los amigos de Resnais les invita a sentarse en unas cómodas butacas, en lugar de presentarles a un notario, enciende una pantalla de televisión en la que el sosias de Resnais, el director de teatro, les explica el motivo de la reunión. Testamento no hay. Lo único que quiere es que vean una representación teatral. Un nuevo montaje, en vídeo, con actores muy jóvenes, de la obra que le lanzó a la fama. La misma obra que todos ellos, en algún momento u otro de su vida han interpretado. ¿Por qué? Quizá sólo para ver qué les parece.

La obra se titula Eurídice (la de Orfeo, claro), y es una pieza real, escrita por Jean Anouilh a principios de los cuarenta, pero hasta Isabel Coixet sabe que, en realidad, de lo que se está hablando es de Hiroshima mon amour, la película que hizo célebre a Resnais. Aquélla en la que Eiji Okada repetía una y otra vez la frase más hermosa que escribió Duras y que da título a esta última película: «Tú no has visto nada todavía en Hiroshima». Pero también: la película que, de un modo u otro, Resnais ha estado rehaciendo constantemente, como el mantra de Duras, durante los últimos treinta años de su vida, siempre o casi siempre con los mismos actores, Arditi y Azéma, y últimamente también con Amalric, Consigny y Lambert Wilson.

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Eurídice empieza. Todavía seguimos con la máscara. Los jóvenes actores del televisor recitan sus palabras. Pero a los pocos minutos, Sabine Azéma, esa Annie Hall francesa con la cabeza en llamas, comienza a acompañar con sus labios a la actriz que es su equivalente en la pantalla, recitando las palabras de la enamorada Eurídice. Entonces, Pierre Arditi, la mirada más triste del cine francés (como una bolsa de agua fría al despertar, que diría Leos Carax), se levanta para darle la réplica a Azéma, su eterna amante en las películas de Resnais (quien a su vez es el amante de Azéma en la vida real). Él es su Orfeo, claro. Siempre lo ha sido. Y así, poco a poco, se van cayendo las máscaras, según se les van sumando el resto de actores, que uno a uno, van recuperando sus viejos papeles. Y de nuevo, todos juntos, vuelven a interpretar la película de siempre. «C’est toujours la mème chanson», decían los personajes en el último número musical de On connaît la chanson. La misma canción, sí… si no fuera por el paso del tiempo: porque Arditi, Azéma y compañía saben perfectamente que ellos no son los mismos que antes, y para eso está ahí, para dar testimonio de ello, la generación más joven que les acompaña en el televisor.

Podemos jugar a lanzar palabras para definir la película final de uno de los mejores directores franceses de todos los tiempos (aunque mejor borrar lo de «franceses»). Metacinematográfica, testamental, crepuscular, especular, autorreferencial y así hasta el hastío. Dígase lo que se quiera, porque ninguna palabra podrá reducir el misterio de la profunda emoción que Vouz n’avez encore rien vu puede provocar en quien haya estado acompañando a Alain Resnais durante este último tercio de siglo en el que, básicamente, no ha hecho otra cosa que reunirse cada tres o cuatro años con sus amigos.

Decir esto no es rebajar su obra, ni mucho menos. Es verdad que si uno no sabe quién es toda esta gente, probablemente no le importe un pito lo que esté viendo. Pero ése no es un problema de la película, sino más bien de nuestras afinidades. Porque, al fin y al cabo, si te invitan a una fiesta en la que no conoces a nadie, el problema no es de la fiesta, ¿verdad? En lo que a mí respecta, no puedo ser imparcial porque llevo mucho tiempo enamorado de los invitados. Y es que tengo que reconocer que mi película favorita de Resnais, la que consiguió alegrarme un día triste de adolescencia, es una de las interpretadas por Arditi y Azéma, el musical On connaît la chanson: una de esas rarezas que tienen la escasa virtud de conseguir que todos sus personajes, hasta los más repulsivos, te caigan bien. Una de esas películas que te hacen recuperar, aunque sea sólo por momentos, la confianza en la bondad humana.

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Así que, aunque al final también acabé viendo los Mariebades, las Murieles, los Stavinskis y todas aquellas otras películas que en sus fríos y calculados gestos tanto se alejaban del abrasador terror de Noche y niebla, sólo esos melodramas y comedias románticas de los 80, los 90 y los 2000, tan aparentemente triviales, que siempre interpretaban Azéma y Arditi, con un algo de musical aunque nadie cantara, sólo esas películas me hacían sentir que detrás de ellas se encontraba presente la primera persona que me logró mostrar el horror del Holocausto en toda su magnitud, Alain Resnais. Sólo alguien que había sido capaz de sentir de esa manera el dolor ajeno podría intentar hablar tan desesperada e insistentemente del amor y de la felicidad en el último tramo de su carrera.  Y es que On connaït la chanson, Smoking/No Smoking, El amor a muerte, Mèlo o Les herbes folles (y muchas más), por tristes que parezcan a veces, son el exacto reverso de su película sobre los campos de exterminio, Noche y niebla: películas donde un grupo de gente se reúne en un recinto cerrado para intentar comprenderse y amarse, aunque casi nunca con suerte, eso sí. Vous n’avez encore rien vu es la última de esta serie de películas, y tal vez sea la única en la que lo consiguen, comprenderse y amarse, por mucho que acabe, como no podría ser de otra manera, con la muerte.

¿Cómo no emocionarse cuando esos viejos actores, al levantarse y recordar sus papeles, te invitan a recordar el tiempo que has pasado siguiendo las películas que hacían con Resnais, envejeciendo con ellos? Es la misma emoción que produce una larga serie que se acaba, un Dallas, un Falcon Crest, un Heimat, una emoción basada en un efecto de sincronía entre la ficción y la realidad, como el de esos folletines o cómics de superhéroes que siempre le han gustado tanto a Resnais (en un plano de Vous n’avez encore rien vu cita explícitamente a La Patrulla-X, una de las grandes sagas familiares del cómic) y que, al ser leídos al mismo tiempo que se publican, apelan directamente a nuestra memoria y a nuestro pasado.

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Con la salvedad de que aquí, además, el sempiterno tema de la memoria (el Tema, en el cine de Resnais) funciona como una caja de resonancia de la memoria cinematográfica del propio espectador. El «tú no has visto nada» de Hiroshima se convierte así en la respuesta a la gran pregunta que encierra el mito de Orfeo. ¿Por qué el muy idiota se da la vuelta para mirar a Eurídice? ¿Por curiosidad? ¿Por ver lo que ocurre a pesar de la advertencia de que si lo hace la perderá para siempre? ¿Para asegurarse de que le está siguiendo de vuelta al mundo de los vivos? ¿Por simple crueldad? No, la mira porque no puede hacer otra cosa. La mira porque ¿no es precisamente eso lo que hacemos todos? En Vous n’avez encore rien vu, Orfeo está muerto de celos, celos retrospectivos causados por los romances que Eurídice tuvo antes de encontrarle a él; pero aunque no tengamos celos, todos, más tarde o más temprano, sentimos la necesidad de mirar dentro de la persona amada, de escarbar en sus emociones y en su ser para asegurarnos de que su interior lo ocupamos nosotros y solo nosotros. Y entonces, no vemos nada. No podemos verlo porque no existe forma de radiografiar el sentimiento humano. Y el problema es que a fuerza de querer mirar, una y otra vez, metiendo insistentemente el dedo en la herida, acabamos por destruir el amor.

Tú no has visto nada. Así que lo único que se puede hacer es aceptar la compañía de los seres queridos sin cuestionarla. Y esperar y confiar y, por supuesto, olvidar. Porque no hay nada que ver. Así que el cine de Resnais no podría haber acabado de manera más apropiada: con ese plano del sosias del cineasta sumergiéndose en el río Leteo, el río del olvido. Lo acaba con una película que no tiene ningún sentido analizar desde el punto de vista de la interpretación, ya que lo que le pide al espectador es que la sienta desde el punto de vista de su memoria personal. Lo acaba con una cortina final y la voz de Frank Sinatra haciendo un repaso de su vida con la canción «It Was a Very Good Year», poniéndote los pelos de punta mientras ruedan hacia arriba los últimos créditos.


factor-critico-vous-navez-encore-rien-vu-finalVous n’avez rien encore vu
Alan Resnais
Interp: Mathieu Amalric, Lambert Wilson, Michel Piccoli, Anne Consigny, Sabine Azéma, Hippolyte Girardot
Francia
2012

Revista cultural Factor Crítico. Somos una revista dedicada a la crítica de cine, crítica literaria, crítica cultural, crítica de ensayo y crítica de cómic

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