Una nueva amiga de François Ozon

El deseo y la identidad se orquestan y se esculpen entre proyectores y pantallas. El deseo se vincula con la música, y la identidad con la escultura. La música desborda todo papel pautado, mediante arrebatos, improvisaciones, como lo descompone cuando desafina. Por eso, el deseo es una fisura en la piedra de la identidad, ya que esta se configura entre límites como quien necesita de celdas para definir su reflejo. Las fisuras abren ángulos y difuminan los límites, pero el deseo puede enredarse entre lo que proyecta y la pantalla de la realidad conjugada con otras proyecciones y los límites que establecen un papel pautado en la relación con la realidad y los otros. Las dos, y también espléndidas, obras anteriores de Francois Ozon, En la casa (2012) y Joven y bonita (2013) se tramaban sobre esa colisión entre apariencia y realidad, entre pantallas y proyecciones, y colocaban en primer término la interposición de miradas que interrogan y elucubran y proyectan (y en algún caso, en cierto grado, que se interroga sobre sí misma).

En el último tramo de En la casa se contrastaba el substrato real del adolescente, su inscripción en la realidad (la condición de su hogar), con la superficie dominante hasta entonces en la narración, su condición de pantalla y enigma para la perspectiva elucubradora y especuladora del profesor. En Joven y bonita una elipsis nos hurtaba el tránsito de la variación de perspectiva de la relación de la adolescente protagonista, Isabelle, con los hombres, con la realidad, con el deseo y el sentimiento. Tras la vivencia sexual en la que constata que lo real no se correspondía con lo soñado, con el ideal, el cuerpo soñado deriva en muchos cuerpos, los de clientes que la ven como la materialización de un sueño, la pantalla hecha cuerpo desnudo. Los demás personajes, su padre, su madre, su hermano, un cliente con el que establece una especial relación,  intentan comprender a Isabelle, quien parece un cerrojo, el de la incógnita, aunque quizás sea por la incapacidad de comprenderla, en parte por lo que proyectan sobre ella: un reflejo: Es «la joven y bonita», antes que Isabelle, juventud, piel suave, unos labios, o una hija, o la hermana que a la vez es el misterio de lo femenino. Ella misma se observa, porque no se entiende, porque no entiende cómo funciona, cómo se realizan las conexiones fuera de la pantalla de la imaginación, en la materia de las relaciones, esa realidad que es fricción, donde colisionan los deseos y los sentimientos, y a veces parecen ir en direcciones contrarias.  Y en parecidos cauces fluye Una nueva amiga (Une nouvelle amie, 2014), adaptación de un relato corto de Ruth Rendell.

Una nueva amiga

Claire se ha quedado atrás, se ha quedado en el pasado, porque ha muerto una parte fundamental del mismo. Ha muerto su mejor amiga, Laura (Isid Le Besco), tras tener un hijo. La narración se introduce con un mirada vuelta del revés, un revés que es mirar para atrás, un revés que es mirar a través de reflejos, una mirada hacia el pasado, un curso de tiempo interrumpido. Y en el presente vacilante, sin aún lograr recobrar el paso para reintegrarse en la inercia de la realidad, Claire (Anais Demustier) descubre que a David (Romain Duris), el marido de Laura (Isid Le Besco), le gusta vestirse de mujer. De hecho tiene un aire a Laura, porque usa peluca rubia (y el cabello de David es oscuro): la primera vez que Claire le ve, de espaldas, tiene la misma sensación que tiene con otra chica rubia que ve de espaldas en un vagón del metro: que es Laura: aún no ha asumido que pueda estar muerta (su imagen es aún un residuo, un eco que altera la superficie de la realidad). David se justifica con los reflejos: Es un modo de que su bebé mantenga la ilusión de que dispone de una madre que ya no tiene. También es una forma de sentirse aún cerca de Laura. E incluso, añade, desea tanto a las mujeres que esa afición le hace sentirse más cerca de ellas: desear a las mujeres es desear ser ellas. Pero ante todo, la razón fundamental es que le gusta travestirse. No desea a los hombres, pero le gusta sentirse mujer, y no sólo con la ropa que porta. Sus maneras y gestos se feminizan, aunque su amaneramiento redunda en su vertiente escénica, histriónica. Es una gestualidad de repertorio femenino convencional. Contrastan con los modos expresivos, naturales, sin remarcada seña de identidad cultural genérica de Claire, que difuminan límites de representación de apariencias genéricas, una cierta neutralidad que aparenta masculinización en contraste con la remarcada femeneidad del vestuario de David (de hecho, por su influencia Claire vuelve a recuperar en su vestuario los vestidos). Además, David disfruta con una actividad que culturalmente caracteriza a la mujer, ir de compras ¿Qué es?¿mujer u hombre? Los límites de las definiciones y las identidades se resquebrajan.

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La desestabilización se extiende en Claire. Su reticencia primera, que le lleva a calificarle de degenerado, deriva en una conjugación, o multiplicación de proyecciones, que abren brechas que quizá revelan deseos agazapados o quizá los propulsan a través nuevas combinaciones, porque la confusión de apariencias y realidades enmarañan el discernimiento y el deseo. Es Claire quien identifica de otra manera a David caracterizado como mujer: es quien primero dota de otro nombre a su caracterización, Virginia: es el nombre de una amiga inventada que le da previamente a su marido, Gilles (Raphael Personnaz), cuando comienza a ocultar esa realidad paralela con la que quiere preservar un escenario sustitutorio: Claire ve en David, o en su caracterización como Virginia, una réplica de su amiga fallecida. Cada uno vive el luto de un modo distinto. Por tanto, en principio, Virginia reemplaza a la amiga perdida. Es la nueva amiga. Es el fantasma de Laura, pero no deja de ser otro cuerpo, y esto introduce variantes que generan desconcierto. Porque la fuga afectiva, o la espita afectiva compensatoria, también deriva en deseo. Pero ¿a quién desea?¿Revela el deseo que sentía por Laura y que no se había reconocido ni a sí misma? ¿O el deseo que siente se lo suscita David? ¿O es Virginia, que es un hombre pero para ella no es un hombre, por lo que siente rechazo en el acto sexual al confrontarse con el pene de David, lo que la impele a huir? ¿De qué huye? ¿Es todo el singular escenario, como conjunto o entramado dramático, una fantasía que suscita en ella esa tormenta de deseo y excitación que incluso provoca que imagine a su marido y David besándose desnudos en las duchas del gimnasio, más que realmente esté enfocada, de modo específico, hacia Laura o David?  ¿Qué proyecta? ¿Qué es lo que desea? ¿Desea a una mujer o un hombre?¿A Laura o David? ¿O a una combinación que destierra nombres y categorías? David lo tiene claro, es una mujer, se siente una mujer, y desea a una mujer como hombre que se siente mujer. No hay conflictos, y canaliza y articula lo que desea, y se subleva ante las apariencias y las definiciones y las categorías y las etiquetas y los límites. Es Virginia. Y así la mirará Claire, tras aclarar su confusión y enfocar por fin a sí misma a través de un cuerpo y una apariencia difusa que multiplicaba y difuminaba los reflejos de su amiga fallecida.

por Alexander Zárate


una-nueva-amigaUna nueva amiga (Une nouvelle amie)
François Ozon
Interp:Romain Duris, Anaïs Demoustier, Raphaël Personnaz, Isild Le Besco, Aurore Clément, Jean-Claude Bolle-Reddat, Bruno Pérard,
Francia, 2014
105 min

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