The shadow line (2011), de Hugo Blick

por Alexander Zárate

The shadow line (2011), miniserie de siete capitulos, escrita, producida y dirigida por Hugo Blick, es una fascinante inmersión en el lado siniestro, o en la indefinida línea de la sombra en la que resulta difícil dilucidar dónde se está situado, porque quizá seamos criaturas fluctuantes entre ambos lados. Si Luther (2010-), otra cautivadora producción de la BBC, creada por Neil Cross, realizaba esa exploración en un territorio en el que el thriller colindaba con la abstracción del fantástico, o del terror (la figura de la alteridad a través de la psicópata que se convertía en desestabilizador reflejo de los actos del policía protagonista o cómo su tránsito del enfrentamiento a la complicidad evidenciaba cuan movedizas son las consideraciones de lo que es la acción justa), The shadow line, también se desliza, de un modo progresivo, en territorios sugestivamente abstractos, los de las entrañas del genuino film noir. Se trama sobre las difuminadas diferencias entre los dos lados de la ley, la policía y los delincuentes (traficantes de droga), definidos unos y otros por la corrupción, o incluso, yendo más allá, por la alianza de intereses. ¿Quién se puede considerar íntegro? ¿Quién puede afirmar que sus actos sólo se rigen ya no por la búsqueda de la verdad sino por querer realizar lo justo?

Factor-crítico-the-shadow-line-1

 The shadow line prosigue  la estela de aquella magnífica mini serie, Prime suspect, protagonizada por Helen Mirren, que tuvo seis entregas (entre 1993 y 2006), pero da un paso más allá, como si en unas coordenadas firmes se abriera la fisura, como aquella dirección en la brújula inexistente del título de la película de Alfred Hitchcock, North by northrwest (Con la muerte en los talones, 1959).  A diferencia de otra gran serie reciente, y más popular, de la BBC, Sherlock, su estilo no es febril, sino pausado (una  hipnótica inmersión en una melancolía abocada a la decepción, conducida desde sus mismos títulos de crédito por esa maravillosa canción de Emily Barker, Pause). Recupera el aliento de los thrillers de los 70, como de modo tan depurado ha hecho James Gray también, en los que se dejan respirar la duración de los encuadres, y hay aún aprecio por la meticulosa elaboración de las composiciones; una sugestiva interacción y colisión implícita entre simetría y caos; entre forma de relato y lo relatado.

Hay set pieces portentosas, como la que acaece en una relojería, en las que se dilata, y exaspera, el tempo con una afinada modulación que tensa la cuerda hasta el abrupto estallido de violencia. Es sorprendente encontrarse hoy en día con un cineasta que trabaje las composiciones de modo tan elaborado y exquisito (como los cineastas que empezaron a trabajar con el scope en los 50), particularmente sorprendente en los planos de conjunto, como lo es también la fuerza expresiva que extrae de recursos como las elipsis, el fuera de campo, o de los insertos (la captación de pequeños gestos), y no digamos su admirable uso de la banda de sonido, para crear una atmósfera inquietante como quien espera un disparo con silenciador que no sabes cuando llegará. Hay ese minucioso y destilado sentido de la puesta en escena, y de atmósfera, que se podía admirar en la reciente El topo (2011) de Thomas Alfredsson).

Factor-crítico-the-shadow-line-2

Y su construcción dramática, afilada, sin complacencias, es soberbia. Un puzzle cuya primera pieza, en forma de incógnita, es el descubrimiento, en un coche, del cadáver de un capo de las drogas recién salido de la cárcel, a quien han disparado repetidamente en la cabeza. Un puzzle en el que cada personaje adquiere una específica  entidad, como hebras de un tapiz.  Jonah (Chiwetel Ejiofor) es un detective de la policía que retorna al trabajo, tras haber estado hospitalizado, aunque amnésico con cierta parte de su pasado, aquella referida a los hechos que determinaron que le dispararan una bala que aún lleva alojada en la cabeza.

Es como si iniciara una nueva singladura, en la que se enfrentara al fantasma de quien antes capitaneó la nave de su vida, que es él mismo. «Las tinieblas se habían levantado en torno del barco, como surgidas misteriosamente de aquellas aguas mudas y solitarias. Ni un sonido. Hubiérase podido creer que mi barco era un planeta lanzado con vertiginosidad por su senda prefijada, a través de un espacio infinitamente silencioso», escribe Joseph Conrad en La línea de la sombra.  Jonah ha vuelto del interior de la ballena, con la conciencia emergente, la interrogante como una antorcha que siente abrasar en sus dedos, porque  no dejará de preguntarse en qué lado estaba él, si era o no corrupto, quién era antes (que deriva en sugerentes ramificaciones que cuestionan la idea de  identidad; como le plantea alguien que transita como buen funambulista en la línea de la sombra ¿por qué ahora tiene que ser distinto a como era antes? ¿no es algo instintivo?).

Factor-crítico-the-shadow-line-3

Bede (Christopher Eccleston) es más una especie de ecónomo que delincuente «convencional», sus armas no eran las amenazas o la violencia misma, sino los cálculos, los entresijos del sistema (o la apariencia legal, lo que difumina la  línea que separa a las empresas que trabajan a un lado u otro de la ley). Bede era hasta ahora un consultor del gangster muerto, quien utilizaba su negocio de flores como tapadera para la distribución de drogas. Ahora Bede quiere salir de ese mundo,  y planea un último negocio para marcharse con su mujer que padece el síndrome de Alzheimer, adoptando un rol al que no estaba habituado, en el que tiene que usar otras armas, actitudes, para imponerse, pero sin cruzar la línea de la violencia (como si fuera dos personajes en uno;  lo que deriva en una imposibilidad al no conciliar esa escisión). Ambos personajes son la columna vertebral dramática, dos personajes con cierto sentido de la honradez, en esa incierta línea de sombra de dudas y acciones de resonancias morales difusas, sean pretéritas o presentes, y que sufren también conflictos en la vida interior/íntima (Jonah, no sólo las dificultades que ha tenido su esposa para poder quedarse embarazada, sino otra historia paralela, otro lado de la línea sentimental, como también lo tendrá Bede). Hay, también,  jóvenes, subalternos, que aspiran (o traman su asalto) al poder, porque desean dejar de ser el juguete para entrar a ser parte, partícipes, del juego, y policías que no sabes si son lo que parecen ( o si habrá alguno que no sea corrupto).

Pero, sobre todo, destaca uno de los personajes más fascinantes que ha dado la televisión o el cine, en la última década, ese hombre con aspecto inofensivo, de contable, con su sombrero tirolés y su bufanda, Gatehouse (inmenso Stephen Rea), enigmático personaje del que tardará en saberse cuál es su papel o función (más bien, crucial) en la trama. Es un personaje que condensa ese «entre» ambos (supuestos) lados, y que se revela como una de las encarnaciones de lo siniestro más sobrecogedoras vistas en la pantalla ( su «pausa», su contenida forma de hablar, de mirar, de desplazarse…). La progresión dramática, la dosificación de (sorprendentes) giros y ampliaciones de perspectivas, es asombrosamente medida, hasta culminar con un prodigioso tramo final, que deja una punzante y descarnada evidencia: este es un mundo para los que saben llevar la soga entre las sombras, mientras juegan con los hilos de los que sirven a sus intereses.


Factor-Crítico_The_Shadow_Line-finalThe Shadow line
Dir: Hugo Blick
Interp:Chiwetel Ejiofor, Christopher Eccleston, Antony Sher, Stephen Rea, Rafe Spall
2011

Revista cultural Factor Crítico. Somos una revista dedicada a la crítica de cine, crítica literaria, crítica cultural, crítica de ensayo y crítica de cómic

Please follow and like us:

Revista Factor Crítico

Revista cultural Factor Crítico. Somos una revista dedicada a la crítica de cine, crítica literaria, crítica cultural, crítica de ensayo y crítica de cómic

Un comentario sobre “The shadow line (2011), de Hugo Blick

Comentarios cerrados.