Renoir de Gilles Bourdos – Factor Critico

Miradas que buscan luz

Hay miradas como las del pintor Pierre Renoir (Michel Bouquet), que se centran en lo luminoso y radiante, en lo sensual, y por ello, sólo retratan en sus cuadros lo que transmita la aterciopelada piel de una mujer joven, todo lo que sea esplendor en la naturaleza, todo lo que implique nacimiento, vida que brota (su última mirada es hacia un niño dando sus primeros pasos). Ya hay suficiente dolor, suficientes penurias en el mundo, para querer además reflejarlas en sus pinturas, como la misma primera guerra mundial que acontece en esos momentos. Es una mirada que no desiste de seguir dando sus primeros pasos, aunque su ajado cuerpo sufra dolorosos achaques, por causa de su reumatismo crónico, que le tiene impedido en una silla de ruedas y que deforma sus manos. En su cuerpo la vida se fuga, pero no en su mirada que no quiere dejar de celebrarla, de reflejar lo que le maravilla de la vida.

 

Hay miradas como la de su hijo pequeño, Coco, (Thomas Doret) sombrías, apretadas, que ante todo parecen fijarse en lo que revela la muerte en el mundo, la sangre que cae de un conejo recién cazado, el cadáver en avanzado de estado de putrefacción de un zorro en el bosque, quizá porque acaba de morir su madre que le tuvo ya en edad avanzada, quizá porque la mirada de su padre se enfocaba también en otras mujeres, y no sólo para ser retratadas. Se siente desplazado, como si no acabara de sentir que encaja en el mundo, que está en su periferia, sin sentir que haya centro. Hay miradas como la de Andreé (Christa Theret) que parecen descubrir el mundo, o que se desplaza en el mundo como una exploradora que avanza con paso firme para conseguir lo que quiere, como con claridad sabe que es lo que es. Su mirada abre la primera secuencia de Renoir (2012), de Gilles Boudos. Es a la vez la entrada en un mundo del que formará parte, en el que será modelo del pintor, en el que colisionara porque no se deja modelar ni avasallar por nadie, sea por ser mujer o de extracción baja.

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Miradas que buscan mundo

El mundo parece también cobrar presencia con su mirada, las ramas de las copas de los árboles, el humo, la luz. La recibe Coco. Ambos pugnan por encajar, por encontrar su lugar, sin dejarse anular. Hay miradas como la de Jean (Vincent Rottiers) que aún no acaban de definirse, no sabe qué ambiciona, qué quiere hacer con su vida, aún extensión de ciertos modelos, de ciertas influencias, la de su padre, o representaciones abstractas como el ejercito o la amistad viril. Aún porta el uniforme pese a que esté de baja, porque no tiene claro que no desee volver a alistarse cuando se recupere. Se siente atraído por Andreé pero vacila, indeciso, como con todo en su vida. Para un cineasta que para muchos representaba la idea de la Vida, parece inclinarse aún más por la muerte, para perplejidad de su padre  o de Andreé, por su preferir retornar a la guerra en vez de disfrutar de esa plácida vida sensorial en el campo y del amor de Andreé, en suma, por la celebración de los sentidos. Dejarse llevar por la vida, como un corcho, como dice su padre, aunque para Jean esa frase implique que uno se exima de responsabilidades. Y la seriedad parece aún abrumar a Jean como un cinturón apretado.

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Hay otra mirada suplementaria, que puede complacer a los cinéfilos, o cazadores de referencias, y sobre todo a los entusiastas del cine de Jean Renoir. La mirada conocedora de su cine que juega con un repertorio, retazos de un vida que se convertirán en retazos de celuloide, como si se reflejara en  unas vivencias la raíz de los reflejos que creará en sus películas. Desde ‘Una partida de campo’ (1936), que me parece su obra maestra, no sólo por la excursión que realizan en el río, sino por esa vacilación o indeterminación de Jean que está a punto de desaprovechar la realización de su amor con Andreé, a La golfa (1931) y La bestia humana (1938), cuando Jean se deja llevar por la intemperancia tras irrumpir celoso en la fiesta para recuperar a Andreé, pasando por ‘la gran ilusión’ (1937), tanto por la guerra en curso como por la figura del oficial que se asemeja Erich Von Stroheim, Las reglas del juego (1939), por los conflictos de clase, los contrastes entre los de arriba y los de abajo (sobre lo que se rebela  Andrée), e incluso de El río (1950), a través del personaje del niño, Coco. Y añádase la satisfacción cinéfila de ser testigo de la gestación de la relación entre Jean Renoir y su primera musa en el cine, además de esposa, Andreé, conocida como Catherine Hessling.

 

Atracción accesoria para un obra quizá desequilibrada que no acaba de conjuntar sus miradas. Para Renoir, más que el dibujo, eran los colores lo más importante para la estructura, aunque en la película quizá no se consiga la necesaria conhesión con los colores, con las evoluciones de los diversos personajes, y el conjunto quede un tanto emborronado. Es una película más de sugerencias, de distintas miradas sobre la vida, y de pinceladas puntuales, como las panorámicas que integran a un personaje con un paisaje, al pintor con la modelo y con el cuadro. Unos cuerpos flotando, encuadrados desde las profundidades, la hierba azotada por el viento, o un gesto, el de un rostro, el de Andreé, inclinándose sobre otro, el de Jean, y su voz susurrante que cala como el oleaje de un sentimiento que se expone sin reservas ni vacilaciones, desnudo para la mirada del que ama, como desnudo expone su cuerpo a la mirada del pintor.

Por Alexander Zarate


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Dir: Gilles Bourdos
Interp: Michel Bouquet, Christa Theret, Vincent Rottiers
Francia, 112 min

Revista cultural Factor Crítico. Somos una revista dedicada a la crítica de cine, crítica literaria, crítica cultural, crítica de ensayo y crítica de cómic

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