Outrage de Takeshi Kitano

por Miguel Carreira

En la primera escena de la película nos encontramos con un travelling que recorre trajes oscuros, gafas de sol y hombres de negro. No hay duda, Takeshi Kitano vuelve a casa.

La historia de Outrage se escribió, al parecer, de la misma forma en la que se escribían algunas historias policíacas. En éstas se empieza por matar a un hombre y luego se va tejiendo la trama hacia atrás, buscando el modo en el que ese hombre pudo haber sido asesinado, buscando las razones que otros pudieron tener para cometer el crimen, analizando las vidas de los protagonistas, de los detectives, de los criminales, del propio finado, etc. Outrage siguió ese mismo esquema, pero de forma más radical; el guión lo escribió Kitano inventando primero las muertes de los personajes —y hay muchas— para unirlas después con la trama que las habría motivado.

Esa trama resulta ser una historia sobre venganzas. Un tema que se vincula con fuerza a la tradición del cine de yakuzas y que, por tanto, resulta bastante coherente para una película que no esconde cierta faceta de autohomenaje en el retorno al género de quien, sin duda, es uno de sus directores más representativos en los últimos años.

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En una familia de la Yakuza dos clanes se acercan entre sí a través de sus jefes. El gran jefe de la familia, y jefe también de estos dos socios —la versión subtitulada traduce su cargo como presidente— ve en dicha alianza entre subordinados una amenaza para su poder y también una posibilidad de expandir su influencia, de modo que da las órdenes oportunas para enfriar las relaciones provocando un enfrentamiento entre ambos clanes. Pero lo que podría haberse zanjado con pequeñas hostilidades va degenerando poco a poco en un enfrentamiento cada vez más sangriento.

La Yakuza que nos entrega Kitano es una asociación descontrolada. Menos satírica, en general, que en películas anteriores del director, y lejos del manierismo de colegas como Miike, la Yakuza aparece aquí en su forma más sórdida, como un conjunto de criminales cuyas relaciones están tejidas únicamente en función de la codicia y el poder. Una estructura que vive al borde del colapso, en la que la responsabilidad por los actos de los subordinados se transmite a los jefes y viceversa. Una estructura de la responsabilidad muy parecida a la de los antiguos samurais —hay una tradición que dice que la Yakuza provendría de éstos— pero sin los componentes de honor y fidelidad y que más bien esconde una tensión de intereses que convierten cada agresión en una bomba cuya onda expansiva corre arriba y abajo por la estructura de la organización. En esas circunstancias, parece inevitable que el más mínimo golpe desate una explosión en cadena que, una vez se ha puesto en marcha, es imposible detener.

Dos planos, uno casi al principio y otro casi al final, funcionan como márgenes de la historia. En el plano inicial —casi inicial— circulan por la carretera varios vehículos de lujo, en grupos separados, mientras la voz en off de uno de los jefes pone en marcha el plan, aparentemente sencillo, que catalizará luego la catástrofe. Mucho después, ya casi al final, tendremos otro plano de dos hombres que caminan por una carretera, igualmente larga y recta, en sentido contrario. Son dos asesinos que acaban de cometer uno de los últimos crímenes de la guerra que ha enfrentado a los dos clanes. Ambos caminan a pie, hasta que un coche se acerca a recogerlos. Son los restos de la batalla.

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Los dos planos trazan en cierta forma los límites falsos de una historia. Fronteras que sólo están ahí para marcar un territorio que podría haber sido el de la violencia, pero que ésta, descontrolada como está, obvia fragantemente. Más allá de cada uno de ellos, la violencia está latente al principio y tendrá un epílogo al final, como si Kitano, por medio de la estructura, quisiese expresar por un lado hasta qué punto esa violencia resulta un mecanismo imparable una vez se ha puesto en marcha, y por otro también lo inevitable de esa puesta en marcha, dada la particular estructura del inframundo que describe.

Esa estructura está lejos de aquel cine de postguerra, en el que la Yakuza se mostraba como una sociedad de honor que aspiraba a preservar ciertos códigos morales. Kitano sigue profundizando en la linea de desmitificación que inició Fukusaku (el autor de la serie conocida como The Yakuza Papers, que instauró algo así como la nueva ortodoxia yakuza) muchos años atrás.

La Yakuza ya no es aquí una sociedad con un objetivo. Ha perdido totalmente aquel objetivo nacionalista del principio. La Yakuza ahora es una corporación, que viste al modo occidental y conduce coches extranjeros. Ni siquiera aspira a construir, en realidad un orden paralelo, aunque sea un orden egoísta, para medrar dentro de la sociedad como grupo —como sucede con la mafia en El Padrino—. Aquí la Yakuza no es más que una plataforma que permite a unos individuos sin honor ni lealtad imponer o intentar imponer la fuerza de su voluntad descontrolada.

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Lo más inquietante es que esa sociedad de la Yakuza no es sólo un inframundo. Es una red que emerge a la vida pública japonesa y que ha copiado algunos de los rasgos de empresas y corporaciones hasta llegar a cuajar inquietantes paralelismos entre el comportamiento de estas empresas y corporaciones y el del crimen organizado. No está en este sentido demasiado lejos de una propuesta mucho más reciente como Killing Me Softly (Outrage, aunque llega ahora a España, es un producto del 2010). Las familias disponen de oficinas en los barrios que controlan, e incluso lucen en ellas los logotipos de sus clanes. Las relaciones con la policía son muy parecidas a las que tienen con otros grupos criminales. En una secuencia, uno de los gansters insulta a un policía arrojándole un cigarrillo encendido y apenas recula, no sin reticencias, cuando es reprendido por un policía de rango superior. Exactamente igual que habría hecho con el jefe de un clan rival.

Outrage posiblemente no sea lo mejor de la producción de Kitano, pero sí es un trabajo mucho más digno de lo que pudiera parecer si nos dejamos distraer por el baño de sangre, redundante, excesivo y hasta morboso, pero muy coherente con la tradición cinematográfica que Kitano prolonga aquí. Detrás de él queda un retrato amargo, a ratos incluso lúcido, de una sociedad que, en su pérdida de valores, ha descartado como objetivo todo aquello que no sea codicia.

Como resultará obvio para cualquiera que tenga un cierto contacto con la carrera del japonés, esta película no puede estar del todo libre de cierta socarronería (no hay más que ver al famoso presidente de la Yakuza, rodeado de su grupo de jóvenes acólitos intercambiables, vestidos con chándal blanco). Pero lo cierto es que también es una película con un notable aroma crepuscular, que parece inevitable en los tiempo que corren.

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Kitano ha vuelto diez años después al género que lo catapultó a la fama, y se ha encontrado con una Yakuza más triste, más cínica. Más interesada que nunca en su ampliación de territorios y de mercados. Más cercana que nunca a la sociedad de la superficie. A ojos de Kitano, en lo que se refiere a la relación de estas dos sociedades, puede que una haya ascendido o que la otra se haya hundido, pero ambas se han acercado mucho en estos diez años.


factor-critico-outrage-finalpngOutrage
Escrita y dirigida por Takeshi Kitano
Interp: Beat Takeshi, Kippei Shiina, Ryō Kase as Ishihara,Tomokazu Miura, Jun Kunimura, Tetta Sugimoto
Japón, 2010

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