La eterna cuestión: ¿El libro o la película?. Madrid, 1987 de David Trueba

por David Sánchez Usanos

 

David Trueba se ha convertido en uno de mis escritores de cabecera. Junto a Javier Cercas es quizá de los únicos “de los de ahora” de los que espero algo. Además, Trueba tiene talento y sabe transmitirlo casi en cada conversación, en cada entrevista. Todo esto hace que no pueda hablar mal de Trueba: lo siento, es superior a mis fuerzas. El caso es que creo que la literatura —la escritura— se ha apoderado de él. Y eso conspira contra su cine, o, al menos, conspira contra Madrid, 1987.

¿Eso significa que es una mala película? Significa que he disfrutado mucho pero que no sé si se trata de una película. Trataré de explicarme. Bueno, antes de la explicación, situemos mínimamente al lector acerca del argumento de esta obra.

Una joven estudiante de periodismo está escribiendo un trabajo académico acerca de un consagrado columnista y escritor. Ambos se dan cita en el Café Comercial de la madrileña glorieta de Bilbao. Lo que sigue es la historia de una seducción que les lleva a quedarse encerrados en el baño de un piso cercano.

La acción transcurre, como indica el título, en el Madrid de finales de los ochenta. Un Madrid, una España, en la que la política tenía otra importancia y en el que, al parecer, alguien podía ser famoso —muy famoso— escribiendo bien en un periódico. (No sé si esto fue tal como lo pinta Trueba, pero hoy en día estamos hablando de ciencia-ficción. No conviene desviarse, volvamos a lo que nos ocupa.) El personaje interpretado por José Sacristán en Madrid, 1987 es un retrato claro de Francisco Umbral. Creo que David Trueba tiene mitificado a Umbral y a aquel Madrid. Yo también. Así que eso, en principio, no me supone ningún problema. El obstáculo, que lo hay, reside en otra parte. En que los fabulosos diálogos de esta “película” son excelentes desde un punto de vista literario, pero absolutamente inverosímiles desde una perspectiva cinematográfica. Si es que los diálogos en el cine han de aproximarse al habla de la vida real, claro.

Esto era algo que dominaba a la perfección otra figura admiradísima por Trueba: Rafael Azcona. Pero, insisto, las líneas de Madrid, 1987 no se las cree nadie. Sencillamente no se habla así, ni ahora ni entonces. La otra gran rémora es la manera de actuar de Sacristán. Un actor al que respeto mucho, dicho sea de paso. Aquí Sacristán no habla, declama. Esto forma parte de cierta tradición actoral española muy ligada al teatro. Y por eso, quizá en un registro estrictamente dramático pueda tener un pase (a mí tampoco me convence). Pero no en el cine. A su favor podríamos decir que Umbral hablaba un poco así, entre lo sobreactuado y lo impostado.

Y lo peor de todo es que María Valverde se contagia de esas maneras y en la escena en la que le ofrece la réplica a Sacristán… también declama.

Total, que Madrid, 1987 a lo que más se parece es a una obra de teatro: con una excusa argumental Trueba encierra a sus dos actores entre cuatro paredes y deja que se desnuden física y espiritualmente. Y por eso esto —y sobre todo por lo literario de las frases y la mencionada entonación— tal vez funcionaría sobre las tablas, pero no en una pantalla. Aquí las convenciones son otras. No obstante, en relación con la verosimilitud, considero que Madrid, 1987 refleja de un modo absolutamente preciso cuál puede ser la estrategia general a adoptar por parte de alguien de más de cincuenta años a la hora de persuadir a una veinteañera de que lo mejor para los dos es tener trato carnal.

José Sacristán y María Valverde
José Sacristán y María Valverde

 

Creo que lo poco cinematográfico de Madrid, 1987 no tiene que ver con la falta de habilidad tras la cámara de Trueba, pues en ciertos momentos el espectador asiste a lo que pudo haber sido y no fue. Todo aquello que tiene que ver con la piel, con lo estrictamente sensitivo, está rodado e interpretado de manera admirable. Aunque al papel que ejecuta María Valverde le falte algo desde ese punto de vista tan manido de «la construcción del personaje» —lo cual puede ser deliberado: hay veces que la belleza da lugar a otro tipo de carencias—, actúa muy bien… si nos fijamos en todo aquello que no tiene que ver con hablar (miradas, gestos, caricias y resistencias, suspiros). En fin, que lo sensual está filmado impecablemente, pero cuando aparece la palabra, Madrid, 1987 hace aguas.

Una vez admitidas estas consideraciones (que se advierten casi desde el principio), Madrid, 1987 nos ofrece muchas cosas placenteras. Transmite de una manera condensada y certera lo que podríamos definir como la filosofía de vida de Francisco Umbral, lo que equivale a decir una apología de la palabra y de la carne. De la literatura que fluye como la vida, y de una vida entregada a un hedonismo sobrevolado por una conciencia a medio camino entre lo estoico y lo fatal. (Esto quizá merecería una explicación, pues lo estoico y lo fatal no son categorías susceptibles de ser enfrentadas de un modo absoluto.) La obra de Trueba también nos permite evocar ese Madrid mitológico en el que la alta literatura (es decir, la que provenía del periodismo) se escribía a máquina, flanqueada por café y cigarrillos sobre los mármoles del Comercial.

Francisco Umbral
Francisco Umbral y la nostalgia

David Trueba es un nostálgico, y yo desde luego no estoy autorizado a criticarle por eso. Además, sería injusto no reconocer la valentía de atreverse a hacer una película con estos mimbres en los tiempos que corren. Y propio de brutos negar la inteligencia que hay detrás del texto de Madrid, 1987. Pero me apetecería mucho que pusiese su mirada y su agudeza a trabajar sobre materiales más contemporáneos. Seguro que lo hace bien, seguro que nos enseña cosas. (Como escritor lo hace con resultados estupendos, como en Cuatro amigos o Saber perder, pero de ese Trueba hablaré otro día. Se lo debo.)

Revista cultural Factor Crítico. Somos una revista dedicada a la crítica de cine, crítica literaria, crítica cultural, crítica de ensayo y crítica de cómic

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