Locke

En el principio era la pizarra blanca, la tabula rasa. Primero, la gestación del cuerpo, después la gestación de la identidad, la forja condicionada por la experiencia. Lo que somos se construye a través de la continuidad, el cemento armado, de la consciencia, como un edificio que se erige. Es nuestro reflejo, los sólidos cimientos en la representación que pensamos de nosotros. No hay determinismos. Pero lo que somos también se constituye en lo que debemos ser. Hay propósitos. El yo se afirma. Hay inercias. Aunque sea factible la variación, por cuanto la reflexión tiene la facultad de procrear modificaciones, otros cursos de la consciencia que reajusten nuestra forma de ser o nuestra singularidad. Es lo que expuso John Locke, en sus Ensayos sobre el entendimiento humano.

En el principio, los cimientos. Son los planos iniciales de Locke (2013), de Steven Knight. Es la noche previa a la llegada de los numerosos camiones que traen el cemento que asentará la base de un importante edificio. Pero Ivan Locke (Tom Hardy), el encargado de la obra, decide que tiene que variar el cemento que armaba su vida, aunque eso suponga que se desmorone el edificio de vida propia que ha construido. Pero toma una decisión que siente que le afirma, es una decisión que implica asumir responsabilidades, asumir las fisuras que uno crea, intencional o no intencionalmente. Es una decisión que se erige en su consciencia de cómo debe ser. Y coge su coche para realizar un viaje de hora y media, de Birmingham  a Londres. Un viaje que supondrá una radical alteración de lo que era su vida. Al principio de su viaje tiene trabajo, esposa e hijos y casa. Todo parece en orden. No hay nadie en su puesto de trabajo que sea tan apreciado. Al final, todo ha variado.

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Locke hablaba en su  ensayo de asociacionismo. Hay momentos en la vida en que tomas consciencia de  que, en cierto grado, has ido dejando de ser tú, o has realizado acciones que reflejan que quizá no sean tan firmes los cimientos. Quizá aquella mujer con la que te acostaste, en parte por compasión, porque la sentías extraviada, frágil, no dejaba de reflejar cómo te sentías entre tanto viaje de trabajo. Empezaste a sentir las fisuras, aunque aún no te atrevieras a nombrarlas, a perfilarlas como parte de tu horizonte. Te dejaste llevar por la inconsciencia, en vez de mirarte de frente. Desviaste la mirada, sobre otro cuerpo, transferiste en aquella mujer lo que sentías como si fuera ajeno a ti. Realizaste una descarga puntual de cemento quebrado, y continuaste con la circulación de tu vida sin revisar los cimientos de tu propio reflejo, de tu propia vida. Y aquellas acciones en las que permitiste que el impulso te dominara traen tiempo después consecuencias.

Y debes afrontarlas. Y sientes que la responsabilidad es el cimiento fundamental. Y estableces prioridades. Supeditas un momento crucial, una tarea de una envergadura que no tiene parangón, como es la descarga masiva de cemento, delegando en un subordinado al que supera la situación y al que intentas guiar a través del teléfono. Pero hay otro cemento que debes asentar, aunque esté relacionado con una mujer que no conoces, a la que no amas. Pero el hijo que va a tener de modo prematuro es tuyo. Se está disputando un partido de fútbol crucial, uno de esos partidos excepcionales que esperabas con expectación. Tus hijos lo están contemplando alborozados, aunque perplejos de que no estés en casa con ellos, portando la camiseta junto a su madre. Pero hay otro partido que estás disputando, y es un partido en el que tienes todas las de perder, en el que intentas todas las jugadas posibles para no descalabrarte, no perder el puesto de trabajo, controlar desde la distancia a tu subordinado para que se realice con éxito a la mañana siguiente la descarga masiva de cemento, animar a la mujer que teme que el parto sea una sucesión de fatalidades y convencer a tu esposa de que es a ella a quien amas, que aquella fugaz relación fue un error que ha traído un bebé pero que no influye en lo que sientes por ella, y por tanto no debe afectar como una fisura a su relación. Son muchas grietas las que se abren, y con las que Locke lidia desde su teléfono en el nocturno trayecto de hora y media en coche.

Voces más allá de la pantalla de su vida. Las voces que constituyen la pantalla de su vida, pero está solo, solo con su decisión, con su determinación con la dirección que ha decidido tomar, y en la configuración de su ruta será decisivo el forcejeo que tiene lugar en esas conversaciones telefónicas, qué voces se apearán y qué voces se mantendrán presentes en la circulación de su vida.  Hay aspectos que serán demolidos, las fisuras no podrán ser resueltas o evitar que se agranden, pero hay vida que se genera. Otros cimientos que se asientan, aunque ahora sean diferentes. Pero es lo que tiene la experiencia, cuando no hay determinismos. Modificaciones, alteraciones. La continuidad del viaje de la consciencia puede ser fluida o sufrir colisiones. La construcción de lo que somos implica derrumbes y nuevas edificaciones.

por Alexander Zárate


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Steven Knight
Interp: Tom Hardy, Olivia Colman, Ruth Wilson, Andrew Scott, Ben Daniels, Tom Holland, Bill Milner
Reino Unido, 2013
85 min
Locke. Web oficial
Locke en Filmaffinity
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