Joyas desconocidas: Privilegio (1967), de Peter Watkins | Factor Crítico

Privilegio (Privilege, 1967) de Peter Watkins nos relata la génesis del Conformismo productivo (concepto quizá familiar, dado cómo se ha propagado en nuestros tiempos). Tómese una figura con imagen contestataria, alguien que puede convertirse en un icono de rebeldía contra el sistema u orden establecido. Si es en los 60, por ejemplo, un cantante pop, como Steven Shorter (Paul Jones, cantante de Manfred Mann), que sirva para canalizar la violencia de la juventud, en espacios controlados como salas de concierto (en vez de en las calles, con manifestaciones y protestas dirigidas hacia las instituciones de poder) y conviértasele en una especie de mesías de inclinaciones integradas, bien flanqueadas por el poder del clero y cierto espíritu nacionalista que evoca al que supo dominar a las masas y propulsar el nazismo al poder en la década de los 30. Anverso y reverso, o cómo saber deglutir e integrar a las convulsiones en los disconformes márgenes, que pueden desestabilizar el llamado tejido social, y hacerlas parte del mismo. Las estrellas del rock son como divinidades, así que el gesto raptado de la entregada admiradora hay que vehicularlo en la dirección conveniente, el de la sumisión y el conformismo en espacios bien controlados de desahogo. El privilegio al que alude el título es del poder disfrutar de la influencia sobre las masas. Convertirte en modelo, tus palabras y actos y aspecto son guías. Claro que quizás aspires más a ser persona, a recordar que no eres un símbolo, manipulado, además, cual marioneta por otros, pero ya entonces entrarías en la categoría de perturbación o molestia, lo que implicaría tu precipitación en las simas de la mudez, en los márgenes donde nadie pueda escuchar lo que quieras decir, porque la marioneta se rebeló y ya no era funcional.

Privilegio es un falso documental, y es una obra de anticipación. Es la obra que determinó la irresoluble colisión de Watkins con los poderes de su país, Inglaterra, y su exilio. Su voz de nuevo guía la narración, en la que se intercalan entrevistas con varios de los personajes, sea el agente de Shorter, el banquero que le financia, o el mismo Shorter. De nuevo, como en sus obras precedentes, pareciera que asistiéramos a un reportaje, en el que la ficción ya se desvela desde el primer plano (la claqueta sobre el rostro de Shorter). La realidad es manipulación, y la mordacidad sangrante de la mirada de Watkins lo desvela, de modo más hiriente, a través de esta apariencia de documental. Como The war game (1965), con la posibilidad de una guerra nuclear y sus probables consecuencias, es una obra que se sitúa en un futuro próximo, como espejo distorsionado de los retorcidas estrategias del poder, de qué hábil modo pueden mediatizar a la población, cómo utilizar la imagen de lo que parece oponerse a los valores instituidos o predominantes, a través de una figura pop, la espita de unas insatisfacciones (en la presentación, Shorter actúa en un escenario, esposado, y golpeado por los policías que le escoltan, lo que provoca que el público acabe alzándose contra los policías). Pero Shorter es ante todo una inversión, un instrumento para sugestionar, manipular y conducir a la población, llevándole al terreno, o los valores, que interesan y apuntalan a las instituciones del poder. En este sentido, resulta un antecedente, más riguroso y menos efectista, de La naranja mecánica (1971), de Stanley Kubrick, o de The wall, 1982, de Alan Parker).

Mike Leigh en su espléndida Meantime (1984), describía cómo se gesta la negación de un skinhead: cuando no se sabe rebelarse de modo constructivo ante una opresión se ensimisma en el exabrupto de la negación. En Privilegio, Shorter es un joven sin particulares inquietudes. Casi no sonríe. Su vida gira alrededor de la música, o de los programas infantiles de la televisión, como si no hubiera nada más, como si fuera casi una carcasa vacía. El retrato que realiza de él la pintora Vanessa (Jean Shrimpton) asemeja al de los de Francis Bacon, de rasgos desfigurados, derretidos, y cuencas oscuras. Ese vacío, que linda con la tristeza, es el que le cautiva a Vanessa de él. De hecho, es alguien al que dejan escaso resquicio de espacio propio, porque no resultaría conveniente. Como así sucede con su relación con Vanessa, que de algún modo le despierta, y le recuerda que no es un símbolo, sino alguien, una persona, como él grita, como hacía John Merrick (John Hurt) en los sórdidos baños públicos en El hombre elefante (1980), de David Lynch, cuando clamaba que no era un monstruo. No es una divinidad, ni es una cosa, una manzana, como se refleja en ese delirante spot publicitario en el que participa: El hábil uso de las tentaciones para que, sin que te des cuenta, comiences a pensar como una manzana, hasta que llegue el momento en que te hayas transformado completamente en una manzana. Eres cómo se te moldea, si te resistes te convierten en un personaje de una película muda, porque la perturbadora disidencia no puede tener voz.

por Alexander Zárate

Privilegio (Privilege)
Peter Watkins
Int: Paul Jones, Jean Shrimpton, Mark London, William Job, Max Jacob
GB, 1967
103  min

 

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