Joyas desconocidas: La María del puerto (1950), de Marcel Carné | Factor Crítico

Henri (Jean Gabin) se quita el sombrero, y comprime el gesto, como una máscara que se funde con la carne, cuando ve pasar el cortejo fúnebre del padre de la mujer con la que mantiene una relación, Odile (Blanchette Brunoy). Henri ha preferido mantener las distancias, y no acompañarla en el funeral, como la distancia que interpone el cristal ( y sus reflejos) que le separa del cortejo. Henri, paseando por el pueblo, queda prendado de un barco que han puesto en venta, y decide comprarlo. Muerte y (anhelo de) vida, cautiverio (entre reflejos y distancias) y liberación, fuga, el tiempo, que se escurre, gestos y acciones que condensan estados, trayectos y forcejeos emocionales, traman la bella La María del puerto (La Marie du port, 1950), de Marcel Carné. Henri es un empresario dueño de una cervecería y de un cine. En una secuencia crucial, se proyecta Tabú (1930), de Friedrich Murnau. Ya no es sólo que refleje ese ansia de liberación, sino contrapunto a ese electrificado forcejeo enmarañado, ofuscado, de sentimientos y emociones.

Los personajes se debaten con sus sentimientos, y disparan reflexiones punzantes sobre el amor, sobre los sentimientos (que no dejan de ser gritos, espasmos dolientes). Dorchain (Rene Bancard), el joven enamorado de Marie, es puro histrionismo de los sentimientos, fogosa teatralidad, gestos orquestados en un exceso operístico que clama por las acciones extremas por despecho o declaración de amor. Henri, en cambio, parece una máscara cargada, crispada, que puede estallar en cualquier momento, aunque le recubra la patina de la causticidad. Se ha quedado prendido de Marie (Nicole Courcel). La corriente es agitada, pero subterránea, cuesta exponerse porque son como jugadores que primero quieren tener la certeza de que el otro siente lo mismo, de que les corresponde, y en ocasiones se repliegan, disimulan, niegan o trivializan lo que sienten, hacen amagos o fintas, se escurren. Hay gestos que son directos (ese gesto desafiante de Marie con los brazos en jarras, abriéndose la chaqueta; los músculos de Gabin, de su rostro, se contraen, se tensan, como si acabarán de darle un golpe directo a su mandíbula desnuda, a sus sentimientos desnudos; se aproxima a ella; pero aún no se abre del todo, la defensiva ironía vuelve a brotar).

Es una película de sentimientos electrificados, contenidos tras una pantalla que no acaban de rasgar los personajes, porque quizá aún no sepan lo que quieren ( y sus sentimientos son danza voluble), o sí, pero temen impulsarlos a la intemperie sin haber desentrañado la máscara del que aman. Es una obra de recuerdos que se agolpan en los cajones, debajo de la ropa, de un tiempo que se siente que va siempre por delante de nosotros, apilándose. El (paso del) tiempo (ese en el que se siente Henri que se precipita), los recuerdos, parecen irse convirtiendo en un nudo corredizo. El ‘barco’ que se siente puede lograr liberar de ese puerto encallado. Marie es como una corriente eléctrica cuyo remolino hace sentir perder pie, pero no es sino el rostro que va a lograr impulsar al reencuentro con la vida que fluye en los mares donde habitan otros cortejos revitalizadores (en los que no hay distancias ni reflejos, sino manos entrelazadas).

por Alexander Zárate

La María del puerto (La Marie du port)
Marcel Carné
Int: Jean Gabin, Nicole Courcel, Blanchette Brunoy, René Bancard, Claude Romain
Francia, 1950
88 min

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