Diaz: no limpiéis esta sangre, de Daniele Vicari

por Alexander Zárate

La colisión de unos aviones contra unas torres amortigüan el sonido de unos porrazos. Amplía la apuesta: más sangre derramada, la de cientos de muertos, supera a la de unos contusionados, o sumidos en el coma, tras ser brutalmente apalizados. Los porrazos intentan acallar las protestas, es como la versión del poli malo, pero es mejor pasar por víctima para desviar la atención de un griterío que empezaba a poner demasiado en cuestión un injusto estado de cosas (Estados Unidos, como el G8, ya se encontraba contra las cuerdas, con las presiones para que cambiara el protocolo de contaminación medioambiental; una oportuna colisión acalló las voces cuestionadoras: ¿cómo se podía seguir haciéndolo con quien había sufrido tal tragedia, como si quedara, además, representado todo Occidente, que debía unir fuerzas ante quien tenía que considerarse el principal enemigo?). De este artero modo el monstruo se camuflaba bajo la apariencia de ultrajada víctima.

La espléndida y contundente Diaz – no limpiéis esta sangre (2012), de Daniele Vicari, nos recuerda aquellas voces cuyas protestas escarbaban en el cieno de un sistema económico corrompido, y cómo, primero, intentaron acallarlas a golpe de porrazo. En el 2001 se realizaron unas manifestaciones en Génova durante la reunión de los principales representantes de los países que componían el G 8. Como bien se recuerda en la introducción, no se conocían, previamente, manifestaciones en las que no se reclamara algo para los propios manifestantes, sino para el mundo en general, la radical transformación de una política económica que estaba degradando a pasos agigantados el medio ambiente, del mismo modo que cada se acentuaba más la desproporción en la distribución de riqueza. Cuando hubo terminado el encuentro, entre la noche del 21 al 22 de julio, 300 policías entraron en Diaz, la sede del Foro Social de Genova, golpeando con saña a los jóvenes (o no tan jóvenes) que se encontraban en su interior, dejando a 3 de ellos en coma. 93 fueron detenidos, los cuales seguirían siendo apalizados, y humillados con crueldad en las estancias de la comisaría. Entre los apalizados se encontraba algún periodista. Algunos de los policías fueron condenados por la brutalidad que ejercieron, pero sólo 27 de los que entraron en la sede. Y poco más de cuarenta de los que realizaron algún tipo de abuso en las comisarías. La tortura no estaba condenada por ley, además. Amañaron pruebas, y se presentaron como víctimas (incluido algún falso herido).

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«Todo por una botellita». Una botella que es lanzada contra un coche policial, sin darle, es la imagen que abre la película. Una situación, como leitmotiv (las imágenes ralentizadas de la botella volando por el aire y de los policías cruzando entre una nube de jóvenes manifestantes), que se repetirá en varias ocasiones, en los diversos saltos hacia atrás y adelante con los que está (medidamente) estructurada la impecable e implacable narración (espléndido guión «radial» de Vicari, junto a Laura Paolucci), que aborda los hechos desde varios ángulos: los de algunos de los jóvenes que se encontraban en Diaz, participantes y organizadores de las manifestaciones, de algún periodista (encarnado por Eli Germano el protagonista de la notable La notra vita de Daniele Luchetti), un anciano pensionista, quien también se había manifestado contra la política del G 8, que busca cobijo para dormir en Diaz, de un oficial policía que es la nota discordante con el resto de sus compañeros, porque, previamente, se niega a realizar una carga en una manifestación por la carnicería que supondría dada la configuración espacial del entorno, el cual, en la carga en el edificio, al apercibirse de la carnicería que se está realizando, ordena a sus hombres que dejen de golpear a los jóvenes. Y la perspectiva de quienes organizan y ordenan la carga en lugar (los poderes, algunos definidos, con cargo, otros de inquietante condición indefinida: el hombre que llega en avión al inicio, que es quien  propone la idea de carga brutal). Todo porque se había agrandado aquel lanzamiento de una botella, ante lo que había que responder contra los «peligrosos comunistas», esa «escoria» (es fascinante, por añadidura, cómo se sugestiona, por otro lado, al ciudadano corriente y moliente, espectador sugestionado y manipulado por los medios: entre ellos, los mismos policías, los que cargan, convencidos de que los jóvenes representan lo más «repulsivo», una «infección» que hay eliminar, a base de porrazos).

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Diaz- No os limpiéis esta sangre es una película necesaria. La sangre con la que salpica corroe la conciencia como el acido. Por un lado, una vez más, apunta cómo las injusticias y abusos de poder en  las diversas sociedades seguirán produciéndose mientras existan tantos esbirros prestos a colaborar, a cumplir Órdenes. Y por otro, además, implica otras interrogantes que no dejan de sumir en la desesperación y la impotencia, porque quizá conocer la respuesta hace perder la confianza en el género humano. ¿Por qué hay seres humanos que sienten tanto placer golpeando sin piedad, con saña, a otro ser humano, por qué ese placer en infligir daño, en ser cruel, en humillar a otro ser humano? ¿Por qué esa tendencia a unirse en grupos que disfrutan humillando y machacando a otro y otros? ¿Por qué la naturaleza produce esas aberraciones?

Vicari logra sortear cualquier efectismo, mostrando con una descarnada desnudez toda la violencia que ejercen los policías en su irrupción en local, en sus repetidos aporreamientos, como en las humillaciones y crueldades que ejercen en la comisaría. Logra estrujar las entrañas, como la conciencia, con una aspereza que hurga en el centro de la herida. Junto a Cesar debe morir (2011), de los Hermanos Taviani o La nostra vita (2010), de Daniele Luchetti refrenda que algo se está moviendo en el cine italiano, un cine que reacciona, que hace temblar los cimientos, las indulgencias y ensimismamientos, la autocomplacencias de los lamentos, el entumecimiento, la falta de cohesión a la hora de enfrentarse a un injusto estado de cosas. Nada ha variado desde hace doce años, aquellos gritos acallaron, o fueron amordazados, a golpe de avión, de porrazos, de aturdimiento, de cultivar el miedo a ser despedidos, a perder la escasa estabilidad que se posee y que impide mirar la degradación de un conjunto social, cómo se extiende la injusticia, o de despertar esa mezquina naturaleza humana: pocas intervenciones más lamentables he visto en televisión como aquella de Josema Yuste cuando le preguntaron sobre qué sintió tras ver el atentado de las torres gemelas: venganza, replicó; y toda conciencia fue arrasada, como los cuestionamientos «aporreados» aunque ahora fuera en silencio. La mirada había logrado enfocarse hacia otro lado, la amenaza, la infección, provenía de «afuera». Las protestas vuelven a aflorar, a despertar, a despegar, a intentar derruir esas torres que nos sojuzgan y aprisionan, aquellas que visionariamente, en El club de la lucha (1999), David Fincher supo señalar que era necesario derruir, porque ese es el enemigo que nos sigue aporreando en silencio, dejándonos en coma vital.


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Daniele Vicari
Guión: Daniele Vicari, Laura Paolucci, Alessandro Bandinelli, Emanuele Scaringi
Interp: Claudio Santamaria, Jennifer Ulrich, Elio Germano, Davide Iacopini, Ralph Amoussou, Fabrizio Rongione, Renato Scarpa, Mattia Sbragia
Italia, 2012
120 min

Revista cultural Factor Crítico. Somos una revista dedicada a la crítica de cine, crítica literaria, crítica cultural, crítica de ensayo y crítica de cómic

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