Breaking bad; de Vince Gilligan

Segunda entrada que dedicamos en Factor Crítico a Breaking Bad. Si en la primera ofrecíamos la interpretación de Roberto Bartual, en esta Alexander Zárate hace una análisis exhaustivo de la trama alrededor de su protagonista indiscutible, Walter White.


Walter (Bryan Cranston) despierta. Y toma una decisión que le enfrenta con sus sombras. Toma una decisión que le convierte en un monstruo porque quiere recuperarse a sí mismo, aunque implicará difuminarse,  ensombrecerse, corromperse, perderse (breaking bad). Walt decide no aceptar el dinero que le ofrecen, para cubrir los gastos de tratamiento de su cáncer, Gretchen (Jessica Hecht) y Elliot (Adam Godley), los que fueron sus socios, ahora billonarios empresarios, de Grey matter (materia gris), y prefiere tomar su propio sendero, que no es sino un desvío, más allá de esas fachadas de una realidad convencional donde ha vivido hasta ahora (o donde no ha vivido, pues su vida no era sino una mera inercia supeditada a la más elemental supervivencia). Decide convertirse en traficante de droga, sacando partido de sus conocimiento de química, de su privilegiada «materia gris», que ha mantenido aparcada en un mero funcionariado, como anónimo profesor de instituto, o desperdiciada, como empleado en un lavadero de coches (como el profesor que encarnaba magistralmente James Mason en Más poderoso que la vida, 1955, de Nicholas Ray; ambos se convierten en reflejo mordaz de una normalidad que anula la «materia gris», la singularidad, y ambos comparten proceso de enajenación o distorsión). Walt consigue su logro, lo que se había negado cuando abandonó a sus socios: una sustancia azul, el ‘meta’, de pureza casi completa, una refinada cualidad que nadie ha logrado en ese mercado: Walt se convierte en la estrella, en el fenómeno, en el protagonista de ese escenario. Y pugnará contta todo aquel rival que quiera ensombrecerle, porque él, por fin, se siente «el hombre».

 

Walt, en los primeros episodios de Breaking bad, creada por Vince Gilligan , tras saber la noticia que supone un giro radical que tambalea su vida como un seísmo, el diagnóstico de su cáncer, comienza a deshacerse de la «muda» de la despersonalización, de una vida ‘sin alma’, como reflejan, en el tercer episodio los flashbacks en los que él y Gretchen, perfilados en sombras, calculan el tanto por ciento de cada elemento, para encontrarse con que siempre hay un mínimo no identificable, o cuantificable, un mínimo escurridizo, enigmático, ¿«el alma»?. En esa sombra se ha convertido en su vida, una vida que siente sustraída por Gretchen y su marido (responsabilidad que proyecta sobre  ellos en vez de asumir sus errores). Por eso, su decisión implica no depender de la voluntad de otros, sino apostar por sí mismo, por su voluntad. Él es el centro, él es «el hombre», no una «sombra». Su gesto declarativo: quemar el coche del prototipo de espécimen (pre)dominante de esta sociedad despersonalizada, «sin alma» (sin sustancia), el mequetrefe ejecutivo cuyo coche tiene como matrícula Ken Wins (Ken gana). Ahora Walt está decidido a que en su vida predomina el Walt Wins (Walt gana).

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Los rivales o antagonistas en ese otro universo ‘paralelo’ en el que pugna por definirse, que pugna por dominar, se convierten en reflejos de su trayecto, de su evolución (o deterioro), de su desenfoque o ensombrecimiento. Su Mr Hyde es Heisenberg, su sobrenombre en ese universo «paralelo». El físico alemán Werner Heisenberg alcanzó notoriedad por «el principio de incertidumbre», según el cual «es imposible medir simultáneamente de forma precisa la posición y el momento lineal de una partícula». Progresivamente, será más complicado definir dónde esta Walt, en un umbral indefinido, oscilante, basculando entre la luz y las sombras. En principio, cuando su decisión está condicionada por el diagnóstico del cáncer, hay aún una distancia o diferenciación con respecto al antagonista, con la furia o el instinto desorbitado, de Tuco (Raymond Cruz); ese desafuero descontrolado es el de otra realidad (u otra manera de habitar la realidad, de relacionarse con esta) que no parece nada que ver con él; es la bestia sin maquillaje, esa furia aún en germen en el interior de Walt y que comenzará a dejar surgir en él, la furia que brota de la frustración y el resentimiento. Con el segundo, ya se perfila, de modo más nítido, el reflejo de una equivalencia, el capcioso camuflaje de las apariencias inocuas, en paralelo al creciente dominio del escenario por parte de Walt: la frialdad de burócrata de Gus (Giancarlo Esposito), que aparenta tanto como él, o sea nada, el poder ser un capo de la droga. ¿Quién puede pensar que ese hombre que rige una cadena de comida rápida relacionada con los pollos, de aspecto tan formal y maneras tan correctas, esté relacionado con actividades delictivas e incluso sea una bestia cruel? Gus representa y ejemplifica esa doble cara sobre la que se trama una vida, como la de Walt. La cara oculta que se sabe disimular: cuando Gus muere, en el atentado con bomba que urde Walt, la mitad de su rostro queda completamente desfigurada (algo no visible en primera instancia, cuando sólo vemos su perfil izquierdo, al salir de la habitación, pero manifiesto cuando se le encuadra de frente). En tercer lugar, en el proceso en el que las actividades clandestinas, ocultas, de Walt saldrán a la luz (irónico que el disparadero sea por una firma en el libro Hojas de hierba, de Walt Whitman, no solo por la asociación con «hierba», sino porque fue un libro condenado en su momento como ‘profano y obsceno’) el reflejo lo constituyen un grupo de neonazis, el reflejo del grado álgido de enajenación alcanzado por Walt, cuando sus actos crueles o violentos se acrecientan, y ya del modo más descontrolado: el asesinato de Mike o de los nueve colaboradores de este que estaban en la cárcel; o realizar las estrategias más retorcidas, como envenenar un niño para atraer a su lado a Jesse (Aaron Paul).Walt ya ha cruzado el umbral completamente al otro lado, de la empatía a la crueldad, a no tener escrúpulo, de ser capaz de cualquier acción para conseguir sus propósitos aunque, al mismo tiempo, se engañe y no se vea de ese modo (sigue diciéndose que todo lo hace por su familia), aspecto, el del autoengaño, en el que se revela como mordaz reflejo Todd (Jesse Plemons), ese joven con aire inofensivo que mata sin pestañear a niños o mujeres (crueldad suma cuando dispara en la nuca, delante de Jesse, a Andrea).

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Por lo tanto, Walt, para conseguir el dominio del escenario (de la realidad), además de enfrentarse a posibles rivales, ha tenido que superar otros aspectos. Uno, los escrúpulos. En el tercer episodio de la primera temporada se enfrenta al hecho de matar, a ese imperativo de supervivencia, porque para ser competitivo hay que despersonalizar, desterrar la empatía (ese grado de refinamiento que ha alcanzado Gus, al que también le pesa un sentimiento de resentimiento y ansia de venganza; a Walt con Gretchen  y su marido, a Gus con un capo del cartel). Walt intentará evitar esa posibilidad, que tenga que matar, personalizando, intentando conocer a Krazy 8, el traficante que tiene prisionero en su sótano. Pero toma consciencia de que eso no será posible si quiere sobrevivir en ese ambiente en el que no te puedes fiar de nadie porque cualquier te puede engañar para conseguir su propósito, para anularte o eliminarte; Walt tiene que matar, tiene que ser más fuerte y artero que el otro, tiene que dejar de lado la conciencia. El otro no es sino un rival, y no puede preocuparse de cómo siente o cómo es.

 

Cuando Mike (Jonathan Banks), en el séptimo episodio de la quinta temporada, le cuestione cómo ha complicado todo por su obsesión en querer ser «el hombre», en ser quien domine el escenario en vez de conformarse con su posición en el entramado (el químico que realiza su labor en su laboratorio), Walt se deja llevar por la intemperancia, por el arrebato, y dispara sobre él. Es sobrecogedor el plano posterior de ambos: Mike agonizando mientras, a su lado, a Walt se le trastoca la expresión, como si despertara y se diera cuenta de su ofuscada acción, cuando musita que podía haber preguntado a Lydia (Laura Fraser) sobre los nueve hombres que Mike protege (en vez de dejarse llevar por una atropellada decisión). Pero esa intemperancia, esa furia, que nubla el discernimiento de Walt, que carga como una tormenta sus acciones, de modo progresivo, es la que le va poseyendo y superando a su conciencia. Hasta entonces Walt es un hombre oscilante, al que domina la furia para poco después sentirse sumido en la desolación o la indefensión. Esa escisión se refleja en el momento en que deja morir a Jane (Krysten Ritter), la novia de Jesse, cuando ella comienza a vomitar entre sueños en la cama a causa de la droga. No hace nada por evitarlo, pero a la vez su rostro se contrae por las lágrimas. Aún siente el horror que él realiza, pero lo hace (deja que ocurra). Lo hace por Jesse, extraviado en la adicción, pero lo hace por él mismo, por lo que le necesita (o ambas razones). La misma relación con Jessie refleja esa condición oscilante, una relación, casi paternofilial, con continuos cambios o con radicales alternancias en las muestras de afecto o desprecio, que desemboca, con la progresiva enajenación de Walt, por su sombra, por el monstruo que prioriza, en un odio cerval (Jesse le califica como el demonio). Porque Walt oscilará, se inclinará progresivamente, hacia un lado, hacia lo siniestro, cruel y abyecto. Su Mr. Hyde, Heisenberg, se perfilará como su rostro dominante.

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Hay otro aspecto con el que batalla Walt, alguien tan feroz y compulsivamente adicto al control: la aleatoriedad. A este respecto no deja de ser significativo que se produzca el accidente aéreo, cuyos residuos surcan como toda la segunda temporada (fragmentos inconexos con los que se inician algunos de los episodios; entre los que destaca, el peluche del mono: el instinto, la visceralidad, que comienza a dominar a Walt), debido a la negligencia de un controlador aéreo (el padre de la novia de Jesse que él ha dejado morir; su no intervención provoca una cadena, o caída de fichas de dominó, de hechos trágicos y más pérdidas de vidas). Precisamente, Walt se preguntará por qué se dio aquel encuentro; hay infinitas posibilidades de que no se diera, y ocurrió. Y se lo pregunta en uno de esos episodios que me parecen «entraña» de la serie, el episodio séptimo de la tercera temporada,  La mosca. La aleatoriedad es algo que no ha dejado de reconcomerle: en episodios anteriores no ha dejado de preguntarse: ¿por qué yo?, sea por una desgracia (como el diagnóstico del cáncer) o por algo positivo (que ha remitido), de ahí la perplejidad de sus amigos y familiares cuando confiesa que su primera reacción tras saber la buena noticia también fue «¿por qué yo?».  O en ese momento espléndido, cuando su cuñado Hank (Dean Norris) se recupera de las heridas de bala en el hospital, en el que relata  a su esposa, hijo y cuñada cómo el día en que fue a operarse todas las luces de los semáforos estaban en verde, ¿por qué aconteció algo que nunca ha ocurrido antes cuando lo que más deseaba además era pasar los más minutos posibles con su familia? ¿Por qué pasan las cosas?

 

Esa aleatoriedad de la vida es la que abruma y descompone a Walt, y le lleva a la enajenación, a la desesperación o precipitación (como una mosca que cada vez zumba más en su cabeza; esa mosca que quiere capturar en el que es precisamente su espacio propio, extensión de su mente, el laboratorio). Ese «zumbido de mosca» en su mente es el que provoca que en la carretera cierre sus ojos y esté a punto de estrellarse contra un camión que viene en dirección contraria cuando pierde el control de su coche. Significativamente lo hace tras la conversación que ha mantenido con Gus en la que le ha «desentrañado» sus estrategias y motivos (lo real tras la máscara): sabe que él le protege y que Gus provocó el enfrentamiento de su cuñado con los dos mejicanos; del encuentro Walt sale ganando tres millones más; es un encuentro que sella más firmemente su inmersión en ese otro mundo, porque se ha hecho valer, ha supuesto un triunfo, pero también ensombrecerse, corromperse, aún más. Como si en ese instante cuando cierra los ojos en la carretera, Walt fuera por un momento consciente de que va directo al abismo, de que va cegándose progresivamente. Pero parece la única forma de sentir la ilusión de que controla o domina algo en su vida, una vida que ha sido hasta ahora un desperdicio, una vida de sombra. Por eso, lo primero que realiza tras saber la noticia de que su cáncer remite es golpear el aparato del secador en el baño. Golpea su reflejo, se golpea a sí mismo. Porque hasta ahora se justificaba en su decisión de ser traficante de drogas en que lo hacía por su familia, por el futuro de sus hijos, Pero si está curándose realmente no hay necesidad de seguir con el tráfico de drogas. Y es el punto que toma su decisión más radical, en el que inicia su proceso de enajenación, de desvanecimiento en las sombras, de convertirse en otro, en un monstruo, «el hombre», quien domina el escenario de la vida (por eso también, en la cuarta temporada, el miedo obsesivo que siente de que puede ser eliminado, borrado, en cualquier momento, por Gus, abocado de nuevo a la nada, a ser una «sombra» que no existe, como siente que hicieron con él en el pasado Gretchen y su marido: él tiene que dominar).

 

ahí la fuerza dramática de esa extraordinaria secuencia en el último episodio cuando Walt «aparece», o reaparece, visualizado de modo elocuente, en la cocina de Skyler, su esposa: la cámara encuadra a Skyler sentada ante una mesa, la cámara se desplaza, y deja ver tras la columna a Walt, de pies ante ella. En esta secuencia por primera vez Walt se «desnuda». Ya no usa el verbo para persuadir, disuadir, manipular o engañar (a los demás y a sí mismo). Por primera vez reconoce que todo lo hacía, no por la familia (como decía, aunque también, pero ya en segundo plano desde que le remite el cáncer) sino por sí mismo, porque se sentía vivo por fin. Se sentía despierto: ¿Cómo podía volver a la rutina tras «despertar» si sentía que era como «apagarse», asumir su resignación y frustración, Ser de nuevo nada ni nadie, una mera sombra? (amargura magníficamente episodio en el pasaje en el que se enfrenta a Hank en la piscina cuando este quiere impedir que dé más alcohol a su hijo, Flynn: En ese Take the bottle back -trae de vuelta la botella-  despliega sus alas y sus garras el ave rapaz Heisenberg/Mr Hyde.

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En ese último (y catártico) episodio, Walt ha renacido, o ha reaparecido, tras sumirse en la nada, tras haberse convertido en nada o nadie, cuando abandonado y despreciado por su  familia, perseguido por la ley, tiene que huir, cambiar de identidad, y retirarse, esconderse en una cabaña apartada y lejos de la civilización. Tras ese retiro, como quien se enfrenta a sí mismo en completa desnudez, en la oscuridad de su depresión (cual culminación del proceso alquímico), reaparece listo para el  sacrificio que reajuste, dentro de lo posible (no recuperará por ejemplo el amor de su hijo) todas las piezas que ha desmontado y derruido en su vida, los flecos sueltos. Porque, al fin y al cabo, la esclavitud que ya sufre Jesse, a manos de Todd, es reflejo de aquella en la que le había sumido él, y esa precariedad, incluso legal, en que ha situado a su esposa,  es consecuencia de una decisión condicionada un estúpido orgullo, la de no aceptar un dinero de los que culpaba del fracaso de su vida (ahora su familia es quien no quiere su dinero, en ironía sangrante; por otro lado, Walt  corregirá su error urdiendo una estrategia para que Gretchen y su marido hagan creer a su familia que les ayudan financieramente a su familia, aunque realmente sea su dinero «sucio»). El cáncer de Walt se reactiva, en paralelo a un segundo despertar de Walt. Ahora el de su conciencia. Antes despertó sintiendo que su vida había sido robada, era la vida de otros. Ahora despierta para corregir los desafueros de su furia y resentimiento, del monstruo de la pulsión de control. Antes de morir acaricia su logro, el artefacto de su laboratorio, la extensión de su mente, el reflejo que no había encontrado de sí mismo durante los primero cincuenta años de su vida, ser Algo y Alguien, pero ese reflejo le había ofuscado con sus brillos de grandeza sumiéndole en los abismos de las sombras manchadas con sangre.

 

PD: Jorge Luís Borges escribió un poema en la memoria de Walt Whitman, Camden 1892, que también podría aplicarse a Walt White (quizá cambiando versos por Meta).

 

El olor del café y de los periódicos.

El domingo y su tedio. La mañana
y en la entrevista página esa vana
publicación de versos alegóricos

de un colega feliz. El hombre viejo
está postrado y blanco en su decente
habitación de pobre. Ociosamente
mira su cara en el cansado espejo.

Piensa, ya sin asombro, que esa cara
es él. La distraída mano toca
la turbia barba y la saqueada boca.

No está lejos el fin. Su voz declara:
casi no soy, pero mis versos ritman

la vida y su esplendor. Yo fui Walt Whitman.

por Alexander Zárate


factor-critico-breaking-bad-final-webBreaking Bad
Vince Gilligan
Interp: Bryan Cranston, Anna Gunn, Aaron Paul, Dean Norris, Betsy Brandt, RJ Mitte, Bob Odenkirk, Giancarlo Esposito, Jonathan Banks, Laura Fraser, Jesse Plemons
5 temporadas; 62 capítulos
EEUU; 2008-2013

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