por David García
“Ya no queda sitio en este mundo para los hombres. Solo hay ya dinero y mujeres”[1]
El cine negro emerge entre los diferentes géneros del séptimo arte como aquel más íntimamente ligado a la literatura. Sin mácula de traición, se ha mantenido fiel a ese sentido de la narrativa tan denostado en nuestros tiempos.
Pese a las innumerables modas formales, a los esfuerzos por derrumbar los cánones y a los cambios socioeconómicos, su evolución resulta extrañamente lenta y se presenta inmune a las grandes alteraciones. Como un reptil, su metabolismo lento permite su supervivencia en un mundo oscilante en la propuesta artística.
La enésima venida de la adaptación cinematográfica de la novela negra no cesa desde la irrupción del cine sonoro, aunque como todo en la vida existen fenómenos más o menos fronterizos que aspiran a ‘ir más allá’ de las características del género.
Siempre es la misma historia y siempre nos atrapa. Y siempre ocurre así porque el cine negro, el género detectivesco o policíaco, fundamenta su propuesta en su identificación misma con ‘el buen relato’, por entender que el desarrollo narrativo es objetivo artístico prioritario para otorgar vida e intensidad a la trama.
No descubro la pólvora si digo que el guión cinematográfico, al igual que en la novela, es la narración con menos aristas. Nada es casual aunque pueda parecerlo, ningún nombre mencionado es azaroso, las aparentes desviaciones de la historia principal se convierten poco tiempo después en esa información esencial para lograr el completo significado de lo acontecido.
Como el río y sus meandros, su orgánica concepción de la causalidad del relato se basa en el axioma de que hay un final y que el mismo arroja sentido a lo descrito. Una ordenación determinada de los acontecimientos. En definitiva una novela hecha imagen, eso es el cine negro.
Esto es posible, además, de una forma concreta (utilizada con más o menos intensidad) como es la narración del presente y el futuro mediante un pasado deliberadamente hurtado (algo a mi entender fundamental para el buen cine y de lo que disertaremos en otros artículos). Como una hemorragia interna, el pasado en este tipo de tramas aparece más sugerido que revelado, pero aun en esa forma latente moldea y precipita los acontecimientos.
Ello produce a su vez otro factor esencial, la implantación de cierto sentido trágico del protagonista. Reacción a un pasado corrupto y oscuro (metáfora del mundo concreto en el que se produce el crimen) o esfuerzo de redención para dejarlo atrás. Al final acontece la resolución y la imposibilidad de evasión.
Por poner ejemplos más recientes, desde L.A Confidential (Curtis Hanson, 1997) a La Dalia Negra (Brian de Palma, 2006) o El demonio bajo la Piel (Michel Winterbottom: 2012) presentan ese arquetipo e incluso en Films menos ortodoxos como ‘La cosecha de hielo’ (2005 Harold Ramis) surgen estas características con cierta intensidad.
La combinación de estos elementos inyecta un sentido propio al diálogo: el discurso revelador, una epifanía (a veces verbal, otras con la ordenación del silencio) cargada de cinismo que nos retrata con toda certeza la verdadera condición de las relaciones entre los seres humanos, los deseos que mueven su interacción y los fantasmas que acechan a cada psique.


