La ley de la levedad puede superar a la ley de la gravedad.
R. A. Lafferty
por Miguel Carreira
A Iwasaki le gusta el humor en la literatura. Esto, en alguien a quien le ha dado por escribir en lengua castellana –apremiado, eso sí, por enérgica circunstancia de ser hispanoablante– tiene un mérito considerable. Ahora, es decir, en los últimos diez o quince años, tiene menos mérito quizás, porque de un tiempo a esta parte también en literatura española se ha empezado a escribir humor. Pero es que humor –digo ahora, contradiciendo en buena medida lo anterior– se ha escrito siempre. Ahí tenemos a Camba, por ejemplo, que hoy es un escritor de minorías absolutas. Antes tenemos a Quevedo y a Cervantes, que han sido dos de los mejores humoristas de las letras universales. El humor es algo que se ha escrito siempre, y si no se ha escrito, ha aparecido en algún otro lugar: en chistes, en canciones o en agudezas varias. La literatura española nunca ha estado falta de humor. A veces, por redondear la frase, el humor ha estado falto de literatura y otras muchas veces no se ha querido reconocer lo literario en el humor. Por ir terminando el párrafo, que ya se alarga, diremos que, en general, en castellano, el humor es cosa que escasea, sobre todo en la literatura seria que es una cosa muy cabal en la que sonreír está muy mal visto.
Alguna vez he discutido con amigos esta falta de humor en la literatura española. Poco a poco he ido forjando la disculpa personal de que la literatura española perdió el sentido del humor un poco después de Cervantes, y no tanto por culpa de Cervantes, sino por una cerrazón cultural que sobrevino a partir de la reforma, la contrarreforma, el puritanismo felipino… Argumentos que me parecen perfectamente válidos y que explican, pero no justifican, esa incapacidad que ha tenido tradicionalmente el canon literario español para aceptar obras de humor. El canon literario español, además, siempre se ha sentido muy francés, y ahí el humor tampoco abunda tanto aunque tiene un lugar y una influencia que quizá no hemos sabido leer. Al fin y al cabo, no sé qué habría sido de las vanguardias sin humor, sin Jarry o sin Allais, que es un señor que un día dijo que se iba a morir y al día siguiente se murió, sólo para hacer el chiste.
Dicho lo cual, los cuentos recogidos en Papel carbón seguramente sean los menos humorísticos de la producción del peruano. Esto no sé si lo habíamos dicho ni si hacía falta decirlo, porque Iwasaki no es precisamente un desconocido, pero, por si acaso, aclaremos que Iwasaki no es español, claro. Con ese apellido uno en seguida lo sospecha. Iwasaki es peruano y desciende de japoneses. Aquí nadie quiere quitarle méritos a Iwasaki, pero yo creo que en sudamérica es un poco más fácil escribir literatura humorística. Quizás porque hay más tradición de humor o porque hay menos tradición de todo lo que no es humor. No lo sé y tampoco estoy seguro de que sea importante.
Papel carbón recoge las dos primera antologías de cuentos de Iwasaki: «Tres noches de corbata» (Lima, 1987) y «A Troya, Helena» (Bilbao, 1993). El título, según nos explica el autor en el prólogo, proviene de que son cuentos de una época en la que, a falta de procesadores de textos, el sistema para obtener una copia del original mecanografiado era utilizar aquellos pliegos de papel carbón que los más jóvenes del lugar verán como una extravagancia anticuadísima, como quien habla ahora de viajar en calesa o de enrollar el dedo en el cable del teléfono. Este libro, que son dos libros, son dos libros de cuentos en los que asistimos al nacimiento de un cuentista. Dos libros que son libros de juventud –pero no de extrema juventud– en los que presenciamos en primera línea el aprendizaje y la conquista de la independencia del narrador.
Todo narrador debe enfrentarse a la obligación de matar al padre. Si uno no ha tenido un buen padre (o, mejor todavía, un mal padre), entonces debe inventarse uno, para poder terminar con él inmediatamente. En el primer libro Iwasaki acusa su genealogía. La huella de Borges o de Cortázar es especialmente visible en «Tres noches de corbata». Borges y Cortázar son dos de los humoristas más geniales de la lengua castellana del s. XX, aunque, sobre todo en el caso del primero, exista la tendencia a leerlo con una solemnidad un tanto exagerada. En «Tres noches de corbata» Iwasaki ya ha entendido que una buena parte de la obra de Borges sólo se puede leer como comedia, aunque se haya escrito como tragedia, de ahí que se atreva con parodias que son casi pastiches, como es el caso del cuento “La invención del héroe” que remeda, en realidad,“La muerte y la brújula”. Dice Iwasaki en el prólogo que el interés de esta recopilación le parece que es más arqueológica que literaria. Efectivamente, los cuentos de «Tres noches de corbata» todavía no nos dan la imagen del Iwasaki más maduro. Pero el interés de la arqueología tiene un lado que también es muy borgesiano: el de recuperar la imagen de un pasado que tal vez nunca haya sido el nuestro pero que, sólo al conocerlo, se proyecta sobre el futuro.
«A Troya, Helena» presenta un Iwasaki más reconocible. Las lecciones de Poe, de Cortázar o de Borges ya no se utilizan como una plantilla, sino que se absorben en el desarrollo del discurso propio. El autor se siente más seguro y, en consecuencia, se atreve con géneros de ésos que, como señalábamos arriba, siempre resultan incómodos para alguien que literariamente se ha criado en el canon hispánico. Cuentos como “Rock en los Andes” descienden –no en sentido peyorativo– la cuesta de la sátira. Los temas pierden solemnidad y, en la comparación inevitable, uno se da cuenta de que esa solemnidad era como un rollo de grasa en la cintura de un boxeador, que éste debe eliminar para ganar flexibilidad y mejorar el juego de piernas. Se pierde la aspiración juvenil de abarcar el universo y se gira hacia experiencias más cotidianas, que dan cabida a nuevos asuntos. Así, aparecen el sexo, el amor, la muerte del amor por desecación, la familia… Y brota, cada vez más el humor. Brota, no con más fuerza, sino de una forma más natural, como si poco a poco, a base de darse cuenta de que la vida y la literatura siempre tienen un lado absurdo que puede y debe contarse, se hubiese ido limpiando el interior de una cañería hasta que el humor verdadero empieza a correr libre y claro. Claro, que lo claro, en humor, a veces es oscuro o negrísimo, pero ésa es otra cuestión.
Papel carbón
Fernando Iwasaki
Páginas de Espuma
ISBN 9788483930984
272 pgs
El primer humor « mcarreira (10 months ago)
[...] El primer humor Posted by mcarreira on 17 de julio de 2012 in Uncategorized publicada originalmente en http://www.factorcritico.es/2012/07/fernando-iwasaki-papel-carbo/ [...]