por Roberto Bartual
Walter White es el típico padre estadounidense de clase media. Profesor en un instituto de secundaria en Albuquerque, por las tardes trabaja como cajero en un lavado de coches para poder llegar a fin de mes, o tal vez para mantener el tren de vida que se supone propio de la clase media de su país. A Walter no le han ido las cosas del todo bien. Con un doctorado en química y uno de los expedientes más brillantes de su promoción, Walter vive frustrado por su situación laboral y familiar. Su hijo adolescente sufre una parálisis cerebral y su mujer se acaba de quedar otra vez embarazada a los cuarenta y tantos. Es un hombre vencido por la vida, desganado, el profesor al que todos los alumnos toman el pelo en clase, el trabajador dócil fácilmente explotable, hasta que un buen día le diagnostican un cáncer terminal y entonces… empieza a tirar por el mal camino, como indica el título de difícil traducción.
Hank, el cuñado de Walter, típico agente gallito del DEA (Departamento Anti-droga), no pierde oportunidad de recordarle en todo momento conceptos básicos de la cultura estadounidense cómo “qué es lo que tiene que hacer un hombre para ser un hombre” o “para qué vas a preocuparte por la educación de tu hijo si puedes ganarte su simpatía hablándole de armas”. Para ilustrar su punto de vista, Hank invita a Walter a acompañarle a una redada en la que desmantelan un laboratorio de metanfetamina. Mientras aguarda en el coche a que acabe la operación, Walter observa cómo uno de los traficantes huye de la escena del crimen sin ser detectado por la policía y se queda estupefacto al comprobar que se trata, nada más y nada menos, que de un antiguo alumno suyo. Esa misma noche va a visitarle y le hace una oferta que no podrá rechazar: o le ayuda a montar un nuevo laboratorio de metanfetamina o le denuncia a la policía.
Y este es el comienzo de la carrera criminar de Walter White, también conocido por la policía de Nuevo México y por el cártel de Sinaloa como el Profesor Heisenberg, el único químico en toda América capaz de sintetizar metanfetamina de una pureza superior al 95%.
El tema central de Breaking Bad, la familia entendida como institución criminal, no es exactamente novedoso en el mercado televisivo estadounidense si tenemos en cuenta el célebre precedente de Los Soprano. Sin embargo, Breaking Bad asume un punto de vista distinto al de su referente más cercano. Mientras que en Los Soprano se disecciona la cultura de la clase media estadounidense tomando como ejemplo a una familia que, debido a sus orígenes, asume desde el principio las actividades delictivas del marido, en Breaking Bad asistimos a la progresiva criminalización de una familia normal, o al menos a la de los dos cónyuges, quienes una vez descubierto el pastel, colaboran para mantener la familia a flote. Y es que Skyler White, la esposa de Walter, es muy diferente a Carmela Soprano. En lugar de callar y no hacer preguntas, como está acostumbrada la mujer de un mafioso, Skyler ayuda a su marido a lavar el dinero que ha ganado ilegalmente, al darse cuenta de que lo ha hecho para poder pagarse la quimioterapia y la universidad de sus hijos.
Breaking Bad cuenta la historia de una familia típica que se ve superada por una situación extraordinaria y, quizá por ello, tiene oportunidad de poner en tela de juicio el sistema económico y social estadounidense de una manera más directa que Los Soprano. Los ejemplos hablan por sí solos: si trabajas como profesor a tiempo parcial y tienes cáncer no te queda más remedio que morir porque tu seguro no te va a pagar la quimioterapia (aunque lo mismo podría decirse de un agente del DEA que tenga que hacer rehabilitación intensiva después de que le hayan pegado dos tiros). En el fondo lo que describe Breaking Bad es un fenómeno de enorme actualidad: la destrucción de la conciencia de la clase media, el paulatino abandono por parte de una familia de los valores morales que hasta entonces habían sido su sustento. Cuando el sistema económico de un país se vuelve intolerable y uno se da cuenta de que, en realidad, nos han estado engañando acerca de su sostenibilidad a base de hipocresías y mentiras, caen las máscaras y uno empieza a preguntarse por qué ciertas actividades delictivas reciben más atención que otras.
Dados los tiempos que vivimos, no es casualidad que la desaparición del sistema de valores de la clase media se haya convertido últimamente en un tema habitual en las series estadounidenses, mucho más prestas a reflejar las miserias de su país que, desde luego, las españolas. Al fin y al cabo, ¿no es eso sobre lo que trata en realidad The Walking Dead, la otra serie estrella de la AMC? El problema de Walter White es que, para no convertirse en un zombi, no le basta con ir por ahí pegando tiros: cocinar metanfetamina puede que sea tarea fácil para una superestrella de la química como él, pero venderla no lo es tanto; y para salvarse a sí mismo y a su familia tendrá que aceptar nuevas servidumbres (trabajar para capos más grandes, entre otras). Un círculo vicioso en que el explotado, a pesar de haber abandonado los valores que le hacían aceptar su condición, seguirá siendo siempre un explotado.
La buena noticia es que queda muy poco tiempo para saber si Walter sabrá salir de esa situación. La quinta y última temporada de Breaking Bad se estrena el 15 de julio en Internet.